Estructura cerebral y ética humana¿

Sandro Spinsanti

ESTRUCTURA CEREBRAL Y ÉTICA HUMANA¿

in Neurociencias y Espiritu: ¿abiertos a una vida eterna?

Eva, Estella (Navarra) España, 2012

pp. 133-147

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1. ¿Entender o explicar el comportamiento moral?

¿Qué es lo que sucede cuando la ética se mira en las neurociencias? La pregunta nos lleva por un camino apasionante. El primer desafío comienza al poner juntos argumentos que parecen no tener ninguna relación entre ellos: algunos tan antiguos como la misma reflexión nacida de la civilización (ya desde los tiempos de Sócrates, en Occidente nos interrogamos sobre el bien y el mal, la libertad del hombre; la conciencia moral: sobre la ética, en una palabra); otros más nuevos (como la neurociencia y sus instrumentos ― TAC, resonancia magnética, SPECT... ― usados para afrontar los problemas de la relación mente-cerebro). Algunos de estos temas son el símbolo de la ciencia del espíritu y otros resultan tan experimentales o tecnológicos como se pueda imaginar.

Me imagino que los participantes en las Jornadas Universitarias de Cultura Humanística estan preparados para llevar a cabo una reflexión sobre la ética humana con los instrumentos conceptuales que les son familiares. Pero ¿cuál es la relación que puede haber entre el comportamiento moral y la estructura cerebral, investigada mediante las neurociencias? Hablar de la relación entre neurociencia y ética podria parecer la realización del programa que Lautréamont atribuia a la estética surrealista: "La reunión de una maquina de escribir y

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un paraguas en una mesa anatómica". Sin embargo, esta paradójica y aparentemente insensata asociación de la conciencia moral y una radiografía del cerebro no es absurda siempre que nos coloquemos en la perspectiva adecuada: la de explicar el comportamiento moral de los seres humanos. Ante las decisiones morales podemos tener una doble actitud: podemos proponernos "entenderlas" o bien "explicarlas". En la clásica terminología alemana se habla de verstehen ("entender") y de erklären ("explicar").

Partamos de una situación concreta: el dilema contra el cual se debate Inge en la película En el séptimo cielo (2008), de Andreas Dresen. Inge es una costurera que ha superado hace poco el umbral de los 60 años. Casada desde hace 30 con Werner, está enamorada de su marido y la relación matrimonial navega plácidamente hacia el puerto de una vejez compartida. Pero Inge encuentra por casualidad a Karl. Aunque este se acerca a los 80 años de edad, la pasión estalla entre los dos. Inge se siente de nuevo deseada y hay una atracción sexual reciproca; los amantes se ríen de ellos mismos y del mundo, se sienten golpeados por las ganas de vivir. La barca toma de nuevo las profundidades. Los intentos de Inge por mantener viva la relación naufragan. Debe escoger entre el marido y el amante y, no sin dolor interior, opta por el nuevo tramo de vida que se le ofrece. La historia termina en tragedia: Werner queda destruido por el abandono y se suicida.

El director evita cuidadosamente cualquier posición moralista: ni justifica ni condena a Inge. Pero es inevitable que el espectador tome interiormente posición. Compartir o no la elección de Inge depende de cómo se quiera (o se sea capaz) de empatizar con ella. Seguramente, dependerá también de nuestra vivencia de opciones sentimentales hechas o sufridas, de nuestra conciencia moral (el rol que atribuyamos al deber, qué importancia damos a la fidelidad al otro y a la palabra dada y a la fidelidad hacia nosotros mismos y a la propia autorealización),

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del equilibrio que hemos sabido construir entre la ética de los principios (escoger lo que es justo, independientemente de la felicidad/infelicidad propia o del otro) y la ética de la responsabilidad (hacer aquello que minimiza el dolor o aumenta la felicidad). Todo lo que hacemos para "entender" a Inge está lejos de lo que necesitamos para "explicar" su comportamiento. Esta es la tarea de la ciencia. Mientras el humanista comprende, el cientifico sabe.

En la clásica distinción entre ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaften) y ciencias del espíritu (Geistwissenshaften) que proponía el historiador y filósofo alemán Wilhelm Dilthey, el explicar (erklären) estaba atribuido en exclusiva a las primeras. Las ciencias de la naturaleza llevaban a cabo su tarea estableciendo leyes y mecanismos, mientras que las ciencias del espíritu se encargaban de la comprensión (verstehen) con sus instrumentos; en primer lugar, la historia y la narración. Esta esquemática no da razón del hecho de que también las ciencias humanas propongan intentos de explicación. Lo hacen con instrumentos distintos a los de las ciencias de la naturaleza, pero reivindicando un carácter análogo de "cientificidad": también ellas pretenden ser científicas y quieren explicar la realidad.

Con la conciencia moral y los comportamientos éticos se comparan ― por nombrar solo algunos conocimientos relativos a las ciencias del hombre ― la antropología cultural, la sociología, el psicoanálisis y la psicología. De la misma manera que en el campo de las ciencias de la naturaleza, la ética se puede investigar con los instrumentos de la etología, de la genética y de las neurociencias. Con éxitos muy diversos. Por mencionar solo un ejemplo anecdótico, hace un tiempo la prensa dio mucha importancia al escándalo familiar que salpicó al golfista Tiger Woods cuando salieron a la luz sus numerosas relaciones adúlteras. En su defensa intervino el étologo Desmond Morris para esplica (erklären, precisamente) que la infidelidad

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está inserita en los genes y que, obedeciendo al reclamo arcaico de la selva, los machos no pueden sino traicionar a las hembras...

No deseo infravalorar los intentos de explicar el comportamiento moral humano reduciéndolo a los chismes y despropésitos periodísticos. Me limitaré a presentar dos intentos de "explicación" que merecen una atenta consideración, uno sacado del campo de las ciencias humanas y el otro de las ciencias de la naturaleza: el nacimiento y el desarrollo de la conciencia moral según la epistemología genética de Jean Piaget, y las funciones de las neuronas espejo desde la perspectiva de la que se ha llamado "neuroética".

2. ¿Qué sabe la psicología del desarrollo de la conciencia moral?

Para contestar, hay que remontarse al psicólogo suizo Jean Piaget (1896-1980), un pilar significativo en el estudio de la inteligencia y de la racionalidad humana, incluida la racionalidad que se expresa en los juicios éticos. Hasta Piaget, el intento había sido siempre llegar a una definición objetiva de las operaciones racionales que especificase la esencia y los procesos en términos absolutos. Piaget, en cambio, introdujo una aproximación a los procesos cognitivos humanos diametralmente opuesta: tanto los procesos simples (como la percepción) como los complejos (desde la inteligencia al juicio moral) pueden ser explicados única y exclusivamente reconstruyendo las fases de su crecimiento en el niño. A esta aproximación se le ha llamado "epistemologia genética". El objetivo clásico de las ciencias lógicas ― explicar la naturaleza de los procesos cognitivos ― se lleva a cabo desde una perspectiva evolucionista, porque traza sus explicaciones en el proceso de crecimiento físico y psicológico del ser humano. Según Piaget, la inteligencia llega a su madurez a través de una serie de pasos de desarrollo que marcan las etapas intermedias neccsarias. Piaget dedicò al

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estudio del desarrollo del juicio moral las investigaciones recogidas en el volumen El juicio moral del niño (1932).

Su atención no se dirigía a los comportamientos o a los sentimientos morales, sino al juicio moral, es decir, a la valoración de lo que está bien o de lo que está mal y a la justificación que el niño da. Analizando la actitud infantil ante las reglas que deben cumplirse en el juego de billar y pidiendo a los niños que respondiesen a situaciones ilustradas con los cuentos, Piaget estableció algunas fases constantes en el desarrollo moral. La psicologia ha adquirido así las nociones de fase de la heteronomia (hasta el séptimo-octavo año del niño) y de la autonomía, de realismo moral (es decir, la tendencia del niño a considerar los deberes y los valores que se refieren como subsistentes en ellos mismos, independientemente de la conciencia y de la circunstancia en las que el individuo se encuentre), de maduración desde una moral del deber a una moral del bien, en la cual el límite ejercido por las reglas se sustituye por la cooperación y el respeto reciproco.

Observando el desarrollo de los juicios morales, Piaget llegó a proponer la existencia de dos moralidades: una heterónoma o de limitación y otra autónoma y fundada en la cooperación. La primera es típica de los niños que se encuentran en pleno "periodo egocéntrico", en el que refiere todo hacia la propia persona. Esta moralidad induce a considerar bueno el comportamiento que es conforme a las reglas: lo que la regla o el adulto mandan se debe cumplir y la desobediencia es, por consiguiente, un acto reprobable. Sin embargo, según la moral autónoma, que se impone más tarde sustituyendo ― quizás no por completo - a la primera, una regla tiene el valor que de común acuerdo se decide darle.

El tema central del estudio de la maduración moral inaugurado por Piaget ha sido después desarrollado sobre todo por Lawrence Kohlberg (con cierta cantidad de investigaciones a partir de los años cincuenta y, particularmente, en The philosophi

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of moral development, obra publicada en San Francisco en 1981). El análisis del desarrollo del juicio moral ha sido prolongado por Kohlberg y su escuela hasta la adolescencia y diferenciado en sus fases. En generaI, el juicio moral progresaría en tres niveles: desde un punto de vista individual pasaría a uno social para desembocar en uno universal. En la primera fase, se tendría una comprensión egocéntrica de la justicia, basada en la necesidad individual; en la segunda, una concepción anclada en la convención consensualmente aceptada por la sociedad; en la tercera, una idea basada en los principios universales y fundada en la logica autonomia de la igualdad y la reciprocidad. Unicamente esta ultima concepción, en la que la justicia se basa en los principios universales, realiza la plena madurez moral.

Piaget, Kohlberg... A continuación llega una mujer, Carol Gilligan. Discípula de Kohlberg (firmó con él un estudio sobre el descubrimiento del "sí mismo" en los adolescentes), innovó de manera radical en este capítulo de la psicologia. No rebatió las teorías del desarrollo de los juicios morales, pero denunció la unilateralidad. Cuando hablamos del niño (o del adolescente) ― afirmó ― pretendemos llevar a cabo un discurso universal, pero en realidad discutimos solo sobre la experiencia masculina de la moralidad. Las categorías en base a las cuales valoramos el "normal" desarrollo evolutivo se extraen de las investigaciones sobre sujetos masculinos. En relación con esta costumbre, el pensamiento femenino sobre la moralidad se considera menos evolucionado, más infantil.

Este mal hábito no afecta solo a la psicología cognitiva, sino que también la dinámica es manifiestamente unilateral, generalizando el valor del ser humano por el género masculino. Asimismo, también el psicoanalisis se basa en el imaginario masculino al delinear el desarrollo del crecimiento humano. Consecuentemente, para Freud la experiencia femenina (la vida sexual de la mujer y su conciencia moral) es un "continente

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oscuro". La percepción femenina de la experiencia moral no se puede identificar con estos modelos evolutivos. Las mujeres no ven reflejada en esta concepción de la ética lo que Joan Didion ha llamado "la inconciliable diferencia: ese sentimiento de vivir la propia vida más profunda como bajo el agua, esa oscura participación con sangre, el nacimiento y la muerte".

"Durante siglos ― ha afirmado Carol Gilligan ―, hemos escuchado la voz de los hombres y las teorías del desarrollo inspiradas en sus experiencias; hoy hemos comenzado a darnois cuenta no solo del silencio de las mujeres, sino también de la dificultad de oírlas cuando ellas hablan". Se les considera infantiles, inmaduras, inmorales, con respecto al parámetro constituido por el razonamiento moral masculino. La misma (¡pero parcial!) verdad de las teorías psicológicas sobre el desarrollo moral es la que ha impedido ver la modalidad femenina de cómo conciben los conflictos y las opciones morales. La estructura ética que emerge del pensamiento de las mujeres ha sido considerada como una desviación del modelo ideal, una especie de fallo evolutivo. En resumen: respecto al comportamiento masculino considerado como "norma", es preciso reconocer que hay algo que no funciona en las mujeres...

En cambio, Carol Gilligan partía precisamente de su atención a las mujeres. La parte central de su libro está formada por los resultados de una investigación llevada a cabo por mujeres que afrontaban la decisión de abortar. Analizando su modo de definir el conflicto moral y de tomar decisiones, la estudiosa ha hecho surgir un modo alternativo de concebir la madurez moral, que ha calificado como "ética de la responsabilidad". Esta, más que una idea universal de la justicia, refleja el saber acumulativo de la humanidad sobre las relaciones humanas: concibe los conflictos como una ruptura de la red de relaciones, más que como un contraste entre valores jerárquicamente ordenados; articula la madurez ética en torno a la

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institucíon central de la interdependencia entre uno mismo y el otro.

Esta visión de la ética es coherente con el puesto que ocupa la mujer en el ciclo de la vida humana, en cuyo seno su labor es la de asegurar el lazo afectivo. El cuidar de los otros es típico del modo de ser femenino e informa del comportamiento ético en su estructura más íntima. Idealmente, las facultades morales alcanzan su plena madurez no cuando se ha llegado ― o se ha hecho proprio ― a un modelo de valores universales, sino cuando se ha llegado a la capacidad de sentirse en relación.

Se trata de diferentes aproximaciones a la conciencia moral, pero están unificadas por la ambición de la epistemología genética de saber algo más sobre la conciencia estudiándola como un organismo en crecimiento, desde su primer trazo hasta su completo desarrollo.

3. La ética encuentra la neurociencia

Para "explicar la ética" nos trasladamos ahora desde las ciencias humanas a las ciencas biológicas; más concretamente, a las más tecnológicas que existen entre ellas: las neurociencias. ¿Qué es lo que podemos conocer de la conciencia moral con ayuda de las neurociencias?

Nuestro objeto de estudio sera aqui la neuroética. Desde que, hace ya 40 años, el cientifico americano Van Rensselaer Potter propusiera acercar la ética a la biologia creando el neologismo "bioética" (y la disciplina que de él se deriva), la tendencia se ha consolidado. Como último "recién llegado" podemos dar la bienvenida al neologismo "neuroética", que plantea el matrimonio entre la ética y las neurociencias. El término fue propuesro por William Safìre en el año 2002 y lo divulgó Adina Roskies en un artículo aparecido en la revista Neuron ese mismo año con este prometedor título:

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"Neuroethics for the New Millennium". En los años siguientes registramos muchos ensayos dedicados al tema. Un primer resultado del análisis de esta literatura es la constatación de que el propio término se ha utilizado para expresar dos contenidos muy diversos. En la primera acepción, se trata de llevar la ética a las practicas biomédicas relacionadas con las neurociencias. No se trata de otra cosa que de reflexionar desde el punto de vista de la ética (si se prefiere, de la bioética) sobre el tratamiento del cerebro humano con los instrumentos de los que dispone la biomedicina. Como siempre ocurre en el momento en el que invocamos a la ética, el objetivo es el de llegar a juicios morales (bien/mal, justo/equivocado) compartidos sobre la base de argumentos racionales.

Dos ejemplos, entre muchos, para concretar esta competencia que se atribuye a la neuroética. En junio de 2008, por primera vez en la historia, el Tribunal de Justicia de Pune, en la India, condenó a un imputado por homicidio en base a una resonancia magnética funcional. El abogado de la acusación habia presentado al tribunal un examen en el que resultaba que el sujeto, ante detalles relativos al deliro que solo el culpable podia saber, activaba las areas cerebrales de la memoria: recordaba aquello que en teoria nadie debia saber. El debate ético sobre prácticas que podríamos llamar de "neuroética forense" podría ir en dos direcciones opuestas. Se puede ver en este recurrir al neuro-imaging un desarrollo finalmente asequible, basado en pruebas biológicas concluyentes de la vieja y desacreditada "máquina de la verdad". (Por asociaciones mentales, tratándose de la India, cualquiera podría soñar con resolvcr por este método el debatidísimo caso judicial que está en el epicentro del romance Pasaje a la India, de Edward Morgan Forster: ¿qué sucedié realmente en las cuevas de Marabar? ¿El doctor Aziz molestó a lady Quested o ella se lo imaginó todo? Una resonancia magnética habría evitado una sublevación popular...). Pero la perplejidad y la resistencia no están ausentes, pues a este de in instrumento productor de neuroimágenes

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se le puede acusar de ser una intromisión sin precedentes en el centro mismo de la conciencia del individuo.

Las aplicaciones de las neurotecnologías para verificar si una persona miente o no son innurnerables, La más reciente es un procedimiento para la seguridad llamado WeCU (en inglés se lee "we see you", es decir, "te vemos"). Con una batería de sensores y ojos electrónicos, termómetros y un ordenador se debería saber si la persona interrogada miente. El principio en el que se basa la máquina es el del lie detector: la mentira, las emociones, el amor y el odio producen reacciones fisiológicas. Y, por tanto, mesurables. La ciencia-ficción ha ido más alla por este camino, Pensamos en el argumento de Minority Report, relato de Philip Dick llevado al cine por Spielberg en 2002. En él se imagina una sociedad futura que ha perfeccionado de tal manera los métodos de investigación para reunir un sistema "precriminal", que castiga los delitos antes de que lleguen a cometerse. Utilizando una combinación de humanos (los mutantes pre-cog, o precognitivos) y escáneres cerebrales, se identifican los delitos incluso cuando los autores no son conscientes de quererlos cometer. "Nosotros los detenemos antes de que puedan realizar una acción violenta, por lo cual la perpettación del crimen es algo metafísico. Nosotros decimos que son culpables, y ellos, por su parte, proclaman eternamente su inocencia. Y, en cierto sentido, son inocentes". En esta parábola totalitaria que pesa sobre nuestro futuro, se realiza el sueño del hallazgo científico objetivo que omite antiguas estructuras morales como la intención, el conocimiento y la conciencia misma.

Segundo ejemplo de prácticas discutibles con las que se llamaba a enfrentarse a la neuroética: en abril de 2008, la revista Nature publicó un sondeo realizado entre un grupo desus lectores, formado sobre todo por investigadores y profesores universitarios, con el objetivo de constarar cu?antos de ellos habían hecho uso de fármacos para potenciar su capacidad

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cognitiva. Según las respuestas obtenidas, los utiliza uno de cada cinco, sobre una muestra de 1.400 personas pertenecientes a 60 países diferentes. Entre las sustancias más usadas está el metilfenidato (conocido comercialmente como Ritalin, fármaco ampliamente prescrito para la cura en las perturbaciones por el déficit de atención en niños). El 20 por 100 de los entrevistados declara utilizar fármacos psicotrópicos simplemente para aumentar su memoria y su capacidad de concentración (sobre todo, con ocasión de exposiciones, congresos u oposiciones universitarias) y no ve en elIo ningún problema de tipo ético. Pero no todos están dispuestos a considerar como moralmente irrelevantes practicas biomédicas que llevan a un incremento de las facultades naturales que desequilibra la jusla relación entre los individuos en la sociedad: esta "mejora" del potencial humano con la ayuda de psicofármacos puede ser el origen de injusticias irreparables.

En esta primera acepción, la neuroética se puede considerar como una articulación de la bioética con el objetivo de discutir y regular los comportamientos en el ámbito del desarrollo de las neurociencias. Pero existe otro ámbito que se denomina con el mismo término o bien con la expresión "neurociencias de la ética". Esta segunda acepción de la neuroética tiene la ética como objeto de investigación y las neurociencias como instrumento. Su objetivo es aclarar los mecanismos cerebrales que son la base del razonamiento moral o, más fundamentalmente, del sentido moral. Recurriendo a las neurociencias, la neuroérica se propone perfeccionar el conocimiento de nosotros mismos como agentes morales. El supuesto básico es la correlación entre procesos mentales y sucesos cerebrales. En la práctica, es como si se quisiera dar cuerpo a este eslogan: "¡Si quieres entender la mente, estudia el cerebro!", la parte de la vida mental que viene a ser objeto de interés de la neuroética y que tiene que ver con el sentido moral. Se nos pide cuál es el sustrato neural de la representación de los valores, qué partes del cerebro se activan cuando se toman decisiones independientemente

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de los juicios morales. En lugar de explorar la ética en el ámbito de los sentimientos y de los pensamientos subjetivos, se compara con el mundo objetivo de los datos desnudos y crudos, o bien con todo lo que los refinados instrumentos de las neurociencias consiguen detectar en el cerebro. La neuroética se sirve de la electroencefalografía (EEG), de la estimulación magnética transcraneana (TMS) y de la resonancia magnética funcional (fRMI), y su objetivo es explicar las bases neurofisiológicas de la parte del comportamiento humano que llamamos "sentido moral". ¿El conocimientos de la arquitectura funcional del cerebro qué puede aportar a la comprensión de la identidad personal y al desarrollo del sentido moral?

El campo de las investigaciones que ha tenido más eco en los medios de comunicación ha sido el de las llamadas "neuronas espejo". A este descubrimiento se le ha dado gran importancia: se espera que contribuya a explicar el fenómeno de la empatía, revelando sus bases biológicas. Existe una larga tradición de estudios filosóficos y psicológicos dedicados a la empatía: desde la fenomenología de Husserl hasta el enfoque dado por Heidegger. Los neurocientíficos que han centrado su atención en las neuronas espejo sostienen que las estructuras neuronales implicadas cuando experimentamos determinadas sensaciones y emociones son las mismas que se activan cuando atribuimos a otro esas "mismas" sensaciones y emociones.

Para la neuroética, en la base del "sentir junto a" (la empatía) habría un circuito cerebral que activa algunas neuronas específicas: las "neuronas espejo", precisamente. Desde hace tiempo se sabe que cada acto cognitivo ― como el reconocimiento espacial, el lenguaje, el reconocimiento de los rostros y los objetos, etc. ― viene acompañado de activaciones de diversas regiones cerebrales e interconexiones de redes neuronales. Las neuronas espejo, identificadas y divulgadas por algunos investigadores de la Universidad de Parma a comienzos de

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los años noventa, son un tipo de neuronas que se activan cuando se lleva a cabo una acción (con la mano o con la boca) o cuando se observa cómo la realiza otro; es decir, "reflejan" lo que sucede en la mente del sujeto observado como si fuera el mismo observador quien realiza la acción (cf. Giacomo Rizzolatti y Corrado Sinigaglia, So quel che fai. Il cervello che agisce e i neuroni specchio, Ed. Cortina Raffaello, 200ó). Cuando observamos en los otros manifestaciones de dolor o disgusto, se activa el mismo sustrato neuronal ligado a la percepción en primera persona del mismo tipo de emoción. Esta misteriosa operación mental que nos permite entender qué es lo que está haciendo, pensando o sintiendo otra persona ― en otras palabras, el mecanismo de resonancia/reciprocidad que está en la base de la experiencia: "Sé lo que haces" ― se reduce a un reflejo entre circuitos neuronales. Según Laura Boella, estudiosa de la neuroética, las neuronas espejo revelarían el funcionamiento automatico e involuntario de la empatía, constituyendo una especie de altruismo innato o bien "una moral antes de la moral": "Mi capacidad moral se lleva a cabo por determinados vinculos neurológicos. Asi como para correr necesito dos piernas ágiles y unos mecanismos neuronales que las hagan funcionar, para actuar moralmente debo usar unos órganos sensoriales (vista, tacto, etc.) yel sutil juego de las áreas emotivas y cognitivas correspondiente" (Laura Boella, Neuroética, p. 109). De aquí se sigue que la vida moral empieza mucho antes que la voluntariedad y la obediencia a una norma: ¡la moral, pues, comienza antes que la moral!

Así pues, antes del comportamiento efectivo intervienen múltiples procesos, cuya base neurologica se esta investigando. Las publicaciones sobre este tema son numerosas (cf. Giacomo Rizzolatti, Nella mente degli altri, Zanichelli, 2007; Marco Iacoboni, I neuroni specchio. Come capiamo ciò che fanno gli altri. Bollati Boringhieri, 2008). El reto es explicar, con un mecanismo natural, la facultad que tenemos de entrar en contacto con los otros sin quedarnos cautivos de mundos separados.

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En realidad, no faltan voces críticas que tachan al resultado científico de las neuronas espejo de ser una especie de mitología que no nos dice sobre la ética nada que no podamos conocer mediante las ciencias humanas. En cambio, quienes contemplan con interés la neuroética esperan que "dirigir la mirada a los comportamientos morales que practican los individuos pueda servir para encontrar un fundamento común de lo humano" (Laura Boella).

Conclusion

Hemos seguido dos caminos, entre tantos posibles, para tratar de "explicar" las decisiones morales, que son la "sustancia" de la ética: la propuesta de la psicología (epistemología genética) y la que se apoya en las neurociencias. Sea cual sea el éxito de nuestros intentos de "explicar" el comportamiento moral, no podremos escaparnos a la labor de "comprenderlo". Esta labor nos remite a la fiction de la que hemos partido: la decisión de Inge de dejar a su marido y aceptar el amor que le ofrece Karl. Su elección da lugar, como fruto amargo, al suicidio de Werner. La película acaba con la imagen del rostro de Inge cuando recibe la noticia. ¿Su opción ha sido una decisión moral buena o equivocada? ¿Tenemos argumentos para defenderla o para condenarla? ¿Podemos considerar su decisión como la expresión de una conciencia moral plenamente desarrollada? ¿Tenemos instrumentos para explicar su comportamiento, cualquiera que sea el juicio moral que formulemos?

Nos gustaría decirte, Inge, que nos situamos con respeto ante el santuario de la conciencia moral, de la tuya y de la de cualquier otra persona. No tenemos la intención de someterte a un cuestionario para saber si tu moralidad es heterónoma o autónoma, si está más en sintonía con los modelos éticos masculinos o femeninos. Aun menos, nos confiaremos al diagnóstico por imágenes para ver si se acrivan o no tus neuronas espejo y medir tus facultades empáticas. Permanecemos respectuosamente

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en silencio ante tu drama: no tenias la posibilidad de hacer una opción que evitase a otro, y sobre todo a ti misma, un gran sufrimiento. Junto a ti, queremos releer la

conclusión de una poesia de Antologia de Spoon River:

"Este es el dolor de la vida:

solo siendo dos es posible ser feliz,

pero nuestros corazones responden a estrellas

que no quieren saber de nosotros".

De este "dolor de la vidà" están llenas las decisiones morales, que nacen de la conciencia de cada ser humano: incluso cuando no podemos "explicarlas", siempre podemos intentar "entenderlas". Esforzarnos nosotros por entender las opciones morales de los otros y pedir a los otros que entiendan las nuestras.

Gesù psicoterapeuta

Hanna Wolff

Gesù psicoterapeuta

L'atteggiamento di Gesù nei confronti degli uomini come modello della moderna psicoterapia

Queriniana, Brescia 1982

pp. 7-11

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PRESENTAZIONE

Per la psicoterapia sono gli anni del boom. L’osservatore dei fenomeni sociali è impressionato dalla sua espansione quantitativa e dall’aumento del numero degli utenti. Con interesse ancor maggiore rileva l’emergere di una ‘cultura psicoterapeutica’, integrata compattamente alla vita quotidiana dell’uomo metropolitano. Lo scenario originario, che era quello dell’intervento di un professionista sanitario per lenire il dolore psichico, è cambiato. Ora alla psicoterapia non si domanda più solamente di subentrare quando si inceppa il funzionamento ‘normale’ della persona. Ad essa si ricorre per ottenere un allargamento dell’area dell’esperienza — corporea, sensoriale, emotiva —, un potenziamento delle capacità espressive, il decollo della creatività, il rafforzamento della propria identità e del proprio valore. La psicoterapia insegna a risolvere i conflitti interpersonali, a sciogliere i drammi della vita di coppia, ad allacciare rapporti costruttivi. È diventata ormai una parte costitutiva della nostra cultura, ove svolge il ruolo socializzante che in passato era riservato alla famiglia, alle istituzioni educative, alla religione. Per quanto se ne deplorino gli abusi, si ironizzi o ci si indigni sulle mistificazioni, non si può negare il ruolo che ormai svolge nella nostra vita. La cultura del cambiamento ha trovato nella psicoterapia il suo strumento privilegiato, che ha provveduto a dotare di un’aureola di onnipotenza.

Può veramente la psicoterapia guarire il malessere della nostra civiltà, o si tratta solo di un cerotto sulla ferita? Anche la critica alla psicoterapia in nome del cambiamento politico delle strutture non può più procedere grossolanamente

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come in passato. Ci rendiamo conto che la psicoterapia non è necessariamente a servizio della repressione. Essa ha piuttosto un potenziale critico che, favorendo la liberazione delle emozioni e della fantasia, apre a un pensare, progettare, agire alternativi. La fantasia liberata si coniuga con l’agire politico.

Un indizio del posto che ha assunto la psicoterapia nel nostro sistema di vita lo troviamo nell’evoluzione del rapporto con la religione. Non lo si può negare: le istituzioni religiose non hanno favorito il diffondersi della psicoterapia. A lungo l’hanno guardata con diffidenza. Reazione perfettamente comprensibile, quando si consideri che tradizionalmente coloro che, spinti dal malessere interno, desideravano cambiare i loro sentimenti o il modo di vivere e di pensare, ricorrevano per lo più a un’esperienza religiosa. Il cambiamento veniva interpretato come una modificazione del rapporto con la divinità; al sacerdote era riservato un ruolo di intermediario in questo processo. Quando sono sorti dei professionisti con la competenza specifica di indurre modificazioni nella personalità, in ambito religioso la reazione è stata per lo più di chiusura. Il rapporto tra le due agenzie di cambiamento è stato visto in termini di concorrenza. I dibattiti prendevano la via del confronto valutativo (del tipo: «è meglio il confessore o lo psicoanalista?»). Dall’apologetica si è passati in seguito alla strumentalizzazione. È quanto avviene prevalentemente oggigiorno. La pastorale tende a far l’occhiolino alla psicoterapia, ad adottarne le tecniche; ne assimila i metodi per servirsene come sussidio per la predicazione, per la conduzione dei gruppi, per il counseling.

La strumentalizzazione può avvenire anche dal versante opposto. In questo caso è lo psicologo che annette la religione al suo impero. L’esempio più lampante è quello di Wilhelm Reich, che con L’assassinio di Cristo ha creduto di ritrovare in Gesù il modello antropologico che egli stesso perseguiva. Secondo la sua tesi, se la religione cristiana si fosse sviluppata secondo la vera natura biologica di Gesù e secondo il suo insegnamento, avrebbe condotto direttamente al punto a cui tende la conoscenza della ‘bioenergetica orgonomica’ di Reich!

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Dopo il tempo delle condanne e dell’ignoranza reciproca, dopo le utilizzazioni strumentali di ogni segno, sembra legittimo salutare oggi l’inizio di una impostazione corretta dei rapporti tra psicologia e teologia, tra il cambiamento in nome dello Spirito e quello promosso a partire dalle esigenze della psiche. Hanna Wolff può a giusto titolo esser citata come un’espressione della nuova tendenza. È ben attenta a non cadere in nessuna forma di riduzionismo. Niente è più lontano dalle sue intenzioni che presentare un Gesù ‘junghiano’. Lo ha dimostrato nella sua opera precedente, Gesù, la maschilità esemplare, dove ha anche trattato per esteso gli assunti metodologici per un corretto dialogo tra teologia e psicologia. Per non fare di Gesù lo schermo di proiezione dei propri modelli antropologici, non c’è che una strada praticabile: prendere sul serio la documentazione storica su Gesù, leggendo i vangeli con l’occhio critico dell’esegeta. Pur essendo analista junghiana, la Wolff, che ha ricevuto anche una solida formazione teologica, non esita a criticare lo stesso Jung per le sue carenze dal punto di vista biblico. Jung non si è posto la questione di Gesù come persona storica, ma si è riferito a lui semplicemente come a un ‘archetipo’; cita le parole della Scrittura acriticamente e non si è informato sulla moderna scienza neotestamentaria. Hanna Wolff dimostra, sulla base di dati storici ed esegetici, che in Gesù non incontriamo solo un archetipo di quell’integrazione che costituisce la meta della psicoterapia analitica: egli è stato storicamente un uomo integrato.

Sviluppando ulteriormente il suo approccio della persona di Gesù, in questo volume la Wolff considera Gesù in azione, nei suoi rapporti interpersonali. Intuisce un’analogia tra l’azione di guarire/salvare svolta da Gesù e il lavoro professionale dello psicoterapeuta. Anche qui è ben attenta a non fare cortocircuiti apologetici. Non vuol secolarizzare il vangelo, togliendo a Gesù la sua aureola messianica per rivestirlo di panni psicoterapeutici. Né offre combustibile al sacro fuoco carismatico che agita tanti terapeuti, fornendo loro l’identificazione con un modello profetico. Tra guarigione psichica e salvezza esiste un’analogia strutturale, che però salvaguarda la specificità dei due processi. L’autorealizzazione

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umana che si può ottenere mediante la psicoterapia non va confusa con la conversione predicata da Gesù. Ogni cambiamento che avvenga in profondità è sintomo di conversione. Tuttavia nessuno può sapere se è convertito, anche se ha raggiunto un benessere psicologico. Alla certezza della conversione ci si può avvicinare solo con un’opera di discernimento critico mediante una lettura dei suoi segni, tra cui spiccano i «frutti dello Spirito»: amore, gioia, pace, comprensione, cordialità, bontà, fedeltà, mansuetudine, dominio di sé (cfr. Gal. 5,22).

Si apre dunque un’epoca irenica nei rapporti tra psicologia e religione? Rispetto e dialogo tra i due approcci del problema umano del cambiamento non significa, fortunatamente, un grigio appiattimento senza vigilanza critica. Se l’umanizzazione dell’uomo è il fine comune tanto della psicoterapia quanto del cristianesimo, il rapporto tra i diversi modelli antropologici è tutt’altro che pacifico. La polemica inizia già nell’ambito delle diverse psicoterapie, come dimostrano le frecciate che la Wolff, cultrice di un’analisi che privilegia la comunicazione con l’inconscio, lancia all’indirizzo delle ‘autopsicoterapie’ che si svolgono a livello dell’io. La divergenza è ancora più grande tra chi ammette e chi nega l’apertura al trascendente come dimensione di un’autentica esistenza umana. La critica rispettiva è feconda. Non mancano teologi che denunciano nelle terapie autorealizzative un’espressione moderna e raffinata di idolatria. Alcune psicoterapie suscitano riserve per la sottovalutazione della presenza del male nella vita dell’uomo, per l’inclinazione all’edonismo, per l’obnubilazione pratica delle esigenze morali. Anche coloro che guardano all’uomo da un’angolatura diversa da quella dell’interpellazione che proviene dal Dio biblico si dicono preoccupati per la nuova ondata di narcisismo promossa da molti indirizzi psicoterapeutici. D’altra parte, è bene che la religione non trascuri le verità scomode che provengono dalla psicologia circa il rischio della vita religiosa di alimentare nevrosi, quando stacca l’uomo dalla fonte sana della sua naturalità. La psicoterapia può aiutare a liberarsi da concezioni patologiche della religione. L’interesse appassionato per il verum è indispensabile a coloro che dedicano la vita a promuovere

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il bonum, vale a dire la salute/felicità/salvezza dell’uomo.

Alla ricerca di una dimensione transpersonale

Sandro Spinsanti

ALLA RICERCA DI UNA DIMENSIONE TRANSPERSONALE PER LA BIOETICA

in E. Agazzi - P. Cattorini - P. Kemp - M. Mori - R. Prodomo - E. Soricelli - S. Spinsanti - B. Yudin,

Quale etica per la bioetica?, a cura di Evandro Agazzi

FrancoAngeli, Milano 1990

pp. 84-94

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Quel comportamento riflettuto e responsabile che chiamiamo «agire etico» e la vita si sono incontrati. Dall’incontro è nato anche un neologismo: la «bioetica». Questo termine è entrato nel linguaggio corrente attraverso la porta dei mass media, nel momento in cui questi hanno incominciato a farsi cassa di risonanza di fatti di cronaca, avvenuti nell’ambito della sanità e della ricerca scientifica, destinati a scatenare vivaci discussioni di natura morale. L’appello alla bioetica per portare chiarezza e orientamento in situazioni conflittuali è inteso come riferimento a un sapere metodico, quale può essere fornito da una disciplina accademica. Nel caso specifico il termine ha cominciato a circolare prima che la disciplina fosse costituita, tanto che ci si può domandare quanto la disciplina stessa debba la sua formazione alla preesistenza del nome che la qualifica. La situazione paradossale è confermata anche dal fatto che, a differenza di altri saperi costituiti, la bioetica ha prodotto un’enciclopedia standard (la Encyclopedia of Bioethics a cura di Warren Reich, edita in America nel 1978), ben prima che la bioetica in quanto disciplina avesse ricevuto un adeguato riconoscimento nelle istituzioni universitarie.

Anche il grande pubblico ha imparato in questi ultimi anni a identificare l’ambito della bioetica. A colpo sicuro si punterà su alcune situazioni estreme, create dal progresso della biologia e della medicina: fecondazione in vitro e «uteri in

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affitto», predeterminazione del sesso del nascituro, manipolazione degli embrioni, diagnosi prenatale, ingegneria genetica, trapianti di organi, arresto delle cure rianimative ai morenti, eutanasia. In queste e analoghe situazioni la bioetica instaura un confronto tra le realizzazioni possibili grazie alla tecnologia bio-medica e i valori umani di base, relativi alla vita, alla morte, alla salute. La più classica impostazione dei problemi dell’etica («Che cosa si può fare e che cosa non si può fare, adottando il criterio della bontà morale degli atti?») si formula come un interrogativo radicale che fonda la bioetica in quanto disciplina: è lecito fare in ambito bio-medico tutto quello che oggi siamo tecnicamente in grado di fare?

Questo interrogativo lo si è sentito risuonare fino alla saturazione, man mano che i problemi emergevano alla ribalta, debitamente corredati di toni sensazionalisti e patetici dal canale dei mass-media. Benché questo modo di correlare l’etica e la vita abbia una sua indubbia legittimità, mostra tuttavia due limiti, uno contenutistico e l’altro formale. Per cominciare da quest’ultimo, spesso il dibattito della bioetica è segretamente pilotato dalla ricerca di regole da seguire, piuttosto che finalizzato alla formazione di una coscienza morale che sappia fare opera di discernimento e si orienti in modo creativo nelle situazioni inedite del nostro tempo. La «formazione morale» è troppo spesso intesa come la trasmissione per via autoritaria di giudizi di accettazione o di condanna delle nuove pratiche biomediche, formulati sulla base di una determinata tradizione morale. Ai nostro giorni, inoltre, bisogna registrare una collusione perversa tra questo tipo di formalismo morale e il linguaggio telematico, che costituisce l’ambiente culturale nel quale siamo immersi. Questo linguaggio è quello dello 0-1, del «sì» e del «no», che esclude il «forse». La bioetica diventa allora sostanzialmente la distribuzione di giudizi di «liceità» o «illiceità», mentre gli sviluppi argomentativi hanno una funzione secondaria o di mero supporto a giudizi aprioristici.

Il secondo limite della bioetica a cui ci si appella correntemente riguarda lo spettro dei problemi di cui si occupa. Essendosi

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costituita sotto la spinta delle situazioni nuove ed eccezionali, tende a concentrare l’interesse sui casi limite. Si crea così la tipica situazione in cui l’albero impedisce di vedere la foresta. L’eutanasia ― per fare un esempio ― è certamente un problema reale ai nostri giorni, reso acuto dalla spinta aggressiva di movimenti ideologici che militano per l’introduzione di prassi eutanasiche nella legislazione e nel costume; tuttavia il dibattito sull’eutanasia rischia di lasciare in ombra la condizione in cui si svolge la conclusione della vita e il decesso della stragrande maggioranza degli anziani malati cronici. La bioetica deve fare uno sforzo costante di mantenere una visuale ampia sui problemi della vita, resistendo alla seduzione di lasciarsi trascinare dalla locomotiva dei mass-media, che privilegia invece i casi eccezionali, destinati a suscitare vasta emozione. Questa modulazione casistica della bioetica fatta sulle pagine dei giornali ha il vantaggio della concretezza e assicura un forte aggancio al vissuto e all’attualità, preservando la disciplina dal diventare «accademica» nel senso deteriore. Tuttavia costituisce contemporaneamente un limite della bioetica, costringendola a coabitare più con la cronaca che con la speculazione filosofica.

L’apertura sulle questioni etiche fondamentali connesse con la nascita, la morte, la riproduzione, la cura della salute, la ricerca scientifica non assicura ancora il respiro appropriato alla bioetica. Essa adegua completamente il suo oggetto solo quando si occupa della vita tout court, del «bios» come fenomeno naturale, a cui l’uomo partecipa. La bioetica è correlata alla biosfera, considerata non sotto la modalità formale del conoscere, bensì sotto quella della responsabilità morale.

Il primo aspetto sotto cui si presenta la responsabilità morale nei confronti della vita è quello più fondamentale di tutti: la sopravvivenza della vita stessa sul pianeta. L’umanità si è svegliata con un soprassalto, da uno stato di letargo, per constatare che stava sonnecchiando sull’orlo dell’abisso. Le minacce di conflagrazione atomica, anche se non ancora disinnescate, hanno ceduto la priorità a quelle connesse con

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il dissesto ecologico, con l’esaurimento delle risorse a causa di uno sfruttamento dissennato, con la rottura degli equilibri che permettono la vita.

Si va facendo luce la consapevolezza che è necessario fare delle scelte. Il senso di urgenza (Il tempo stringe: per riprendere il titolo di un libro di C. Friedrich von Weizsäcker) si fonda sul fatto che la distruzione dei presupposti della vita è sempre più rapida ed efficace, in quanto le possibilità umane sono state moltiplicate dalla tecnologia. La specie umana è una specie che ha avuto troppo successo, fino ad acquisire la possibilità di aggredire la struttura del sistema che l’ha prodotta. Ma l'homo sapiens non sembra far onore alla qualifica specifica che si è attribuita: il suo comportamento nei confronti della vita, compresa la propria, ha più i caratteri dell’insipienza che della saggezza. È come un boscaiolo che, uscito a far legna, si metta a segare il ramo su cui sta seduto...

L’umanità sta prendendo coscienza che si trova a un bivio: se sbaglia l’ultimo test di intelligenza, consegnerà alle generazioni future un pianeta non più abitabile. Le decisioni di oggi si ripercuotono sul futuro immediato dell’umanità e del pianeta stesso. La saggezza di un’azione (anzi, più radicalmente, la sua stessa razionalità) va commisurata non solo sui vantaggi immediati che arreca, ma sugli effetti a lungo termine.

Oltre al carattere dell’urgenza, le scelte indilazionabili del nostro tempo devono avere anche quello della responsabilità: non solo nei confronti degli altri essere umani, ma di tutti i viventi. La mentalità ecologica ha assicurato consistenza alla nozione di «biosfera», che abbraccia unitariamente tutto ciò che partecipa alla vita.

Un riflesso istintivo ci inclina a pensare alla sopravvivenza in termini egoistici, scegliendo di sacrificare gli altri per salvare se stessi. Un filosofo americano è arrivato anche a teorizzare una lifeboat ethics («etica da scialuppa di salvataggio»), proponendo di buttare a mare ciò che impedisce la sopravvivenza dei pochi che avrebbero qualche chance, se non fossero gravati dal peso dei più. Contrariamente a queste proposte,

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la solidarietà si impone come un’esigenza per la salvezza: la vita sulla terra si salva e si perde tutta insieme!

Rimanendo nell’ambito dell’immagine simbolica della scialuppa di salvataggio, il pensiero corre alla scena che conclude il film di Fellini E la nave va. L’unico a salvarsi dal naufragio del grande piroscafo è il giornalista, il quale aveva cercato rifugio nel posto più improbabile di tutti: la scialuppa che ospita l’enorme pachiderma, ingombrante passeggero della nave. Possiamo assumere l’immagine come metafora del destino della vita: le scelte che la preservano dal naufragio devono obbedire a una saggezza più lungimirante di quella ispirata dal miope buonsenso, che suggerisce di sacrificare le forme di vita «inferiori» a quelle superiori. Non sopravvivono i più forti (o i più egoisti), ma i più saggi; e la gestione responsabile del patrimonio della vita fa parte di tale saggezza.

La forte spinta culturale che induce a modificare l’atteggiamento nei confronti delle varie manifestazioni della vita sul pianeta può essere descritta come una resipiscenza dall’hybris dello sfruttamento selvaggio della natura. Ma non si tratta solo di un calcolo utilitaristico finalizzato alla sopravvivenza della specie umana. La sensibilità ecologica dei nostri giorni non si limita a ispirare modelli per soluzioni scientifico-tecniche della crisi ambientale, nel senso di un perfezionamento del dominio dell’uomo sulla natura. C’è qualcosa di più: l’uomo comincia a sentire un senso di obbligo morale nei confronti della biosfera. La biosfera entra nell’ambito dell’etica. Si delinea in tal modo un significato più pregnante di «bioetica», che trascende quello che abbiamo appena considerato.

Il primo livello considerato di responsabilità verso la vita non è da sottovalutare. Presuppone il risveglio dall’addormentamento nel quale noi credevamo che, a noi in quanto specie superiore, fosse tutto permesso: depredare il pianeta e usare tutte le forme di vita, vegetale e animale, a nostro piacimento. È il risveglio da un sogno di potere assoluto, di onnipotenza. Tuttavia questo primo livello si svolge entro l’ambito di una relazione asimmetrica, in cui la vita è un «esso», una cosa che l’uomo deve amministrare avvedutamente.

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Quando si parla della vita in questi termini, ci si preoccupa, in fondo, solo della propria sopravvivenza. Ora, nella scala dei valori il sopravvivere ― il «salvare la pelle» ― è certamente un obiettivo rispettabile, ma non certo il più alto dei valori etici che l’umanità può proporsi.

Nel secondo livello di coscienza, a cui ci trasporta la bioetica, la biosfera è invece considerata come un’interpellazione, fonte di un comportamento etico che trascende la dimensione utilitaristica. Il paradigma fondamentale non è più «Io-esso», bensì «Io-Tu» (Martin Buber).

L’assunzione del vivente nell’ambito dell’etica è una innovazione di grande portata per il pensiero filosofico, oltre che ricca di conseguenze sul piano dei comportamenti. La riflessione morale dell’uomo occidentale, infatti, ha completamente trascurato la rilevanza etica di tutto ciò che non fosse riconducibile o al soggetto in prima persona (vizi e virtù), o agli obblighi derivanti dall’esistenza di altri soggetti. È come se l’ottica dell’etica si sia limitata esclusivamente a ciò che si trova di fronte al nostro sguardo, ma solo ad altezza d’uomo. Tutto ciò che deborda dal campo dei rapporti interpersonali, in quanto è collocato a un’altezza inferiore a quella dell’uomo, sfugge alla prescrittività dell’etica.

Un esempio particolarmente illustrativo di questo restringimento di orizzonte è il posto attribuito agli animali e alle piante nei sistemi etici tradizionali. L’uomo non si sente moralmente obbligato nei loro confronti; se un obbligo esiste, è quello che l’essere umano ha verso se stesso (per esempio, non cedere a passioni come la crudeltà o l’avidità); dagli altri esseri naturali non proviene alcuna interpellazione. Il «dialogo con la natura» è lasciato alle religioni astoriche, che non si sono ancora sottratte al «fascinosum et tremendum» del sacro percepito negli avvenimenti naturali. I viventi non umani sono valutati come un’articolazione della natura, nei cui confronti l’uomo si considera, secondo la formula di Cartesio, «padrone e signore».

Come caso emblematico, possiamo riferirci al posto che aspetta agli animali nell’Ethica di Spinoza. «La legge che

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proibisce di ammazzare gli animali ― afferma il filosofo razionalista ― è fondata piuttosto sopra una vana superstizione e una femminea compassione, anziché sulla sana ragione. Il dettame della ragione di cercare il nostro utile prescrive, bensì, di stringere rapporti di amicizia con gli uomini, ma non coi bruti o con le cose la cui natura è diversa dalla natura umana... E tuttavia io non nego che i bruti sentano, ma nego che per questa ragione non sia lecito provvedere alla nostra utilità o servirci di essi a nostro piacere, e trattarli come meglio ci conviene, giacché essi non si accordano per natura con noi, e i loro affetti sono per natura diversi dagli affetti umani».

Questa prospettiva antropocentrica ha così fortemente anestetizzato la coscienza dell’uomo occidentale, educato tanto dentro quanto fuori del cristianesimo, da impedirci di avvertire anche i casi più stridenti di immoralità. Un solo esempio: le pratiche di vivisezione e l’utilizzazione indiscriminata degli animali per la ricerca. Indubbiamente il problema è serio; bisogna introdurre delle distinzioni, se non vogliamo cadere nel massimalismo di qualsiasi segno, «demonizzando» la ricerca e mettendola aprioristicamente in stato di accusa, oppure, al contrario, giustificandola sempre e comunque in nome della scienza, senza restrizioni di natura morale. È importante però notare nella filosofia tradizionale l'irrilevanza etica della natura non umana: piante e animali, essendo oggetti e non soggetti, esulano dall’ambito dell’etica dei fini. Mentre l’altro essere umano non può, kantianamente, essere considerato un mezzo, piante e animali, in quanto espressioni della natura sprovviste di umanità, possono esserlo.

Il vivente, non essendo collocato ad altezza dello sguardo umano, non è stato considerato come un interlocutore, fonte di diritti e di doveri come tutto ciò che entra nel dialogo etico. Tutt’al più l’umanità è riuscita ad allargare, con grande fatica, il concetto di uomo. Anche questo non è sempre stato facile: basti pensare quanti secoli ci sono voluti perché l’Occidente riuscisse a far entrare lo schiavo, o la donna, nel concetto di uomo, e quindi a inserire queste categorie di esseri

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nell’etica non come proprietà verso cui si hanno degli obblighi, ma come vis-à-vis a pieno statuto morale. Ai nostri giorni le battaglie culturali più di frontiera sono quelle tendenti a conservare tale carattere antropologico alle vite che si vanno spegnendo e a rivendicarlo per l’embrione umano, fin dal primo momento del concepimento.

Questa fatica di far accedere e di conservare al livello dell’etica, dove cioè si subisce l’interpellazione, chiunque partecipa alla natura umana (anche se non è a immagine e somiglianza di colui che detiene il potere, in particolare quello della parola che detta le leggi morali) deve continuare, chissà per quanto tempo ancora. Tuttavia contemporaneamente osserviamo emergere un’altra esigenza: quella che la nostra coscienza sia interpellata eticamente non più soltanto dall’essere umano, ma dal vivente in quanto tale. Anche se al vivente non spetta la qualifica di umano, va considerato come un soggetto da cui proviene un’interpellazione; con la sua stessa vita crea un obbligo morale.

Albert Schweitzer ha precorso questo sviluppo dell’etica con una formula cristallina: «Un’etica che si occupa solo degli esseri umani è disumana». Oggi non riusciamo ancora neppure a immaginare, viziati come siamo da una prospettiva centrata sull’uomo, che cosa potrebbe essere un’etica non inficiata dal vizio di fondo di considerare l’uomo come unico referente del discorso etico. Ci affacciamo qui verso un orizzonte ulteriore del concetto stesso di bioetica, che possiamo chiamare «transpersonale». Sentiamo tutta la difficoltà ad abbandonare il concetto di «persona», sul quale specialmente la morale cattolica tende ad attestarsi per porre dei limiti alle indubbie prevaricazioni che avvengono in ambito biomedico, tanto sotto la figura della terapia, quanto sotto quella della ricerca. Ci appoggiamo perciò volentieri alla riflessione di Schweitzer, con la fiducia che possa guidarci oltre la prospettiva dell’etica personalista, senza tuttavia farci smarrire i valori irrinunciabili che questa ha acquisito e che deve continuare a difendere.

Il suo punto di partenza è rigidamente filosofico. Nel suo

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progetto di fondare meta-eticamente l’etica, non si accontenta né del fondamento kantiano, né di quello cartesiano. Il dato più immediato della coscienza umana non è, a suo avviso, il «Cogito ergo sum», bensì la percezione della vita: «Io sono vita che vuol vivere, circondata da vita che vuol vivere». L’essenza dell’uomo e del mondo è l’aspirazione della vita a mantenersi, e inoltre a svilupparsi, a propagarsi, a espandersi.

L’intuizione della volontà universale di vivere richiede però un giudizio di valore: il culto istintivo della vita conduce, da solo, alle peggiori prevaricazioni. «L’affermazione del mondo e della vita in sé ― afferma ancora Schweitzer ― non può produrre che una civiltà imperfetta e incompleta. Soltanto spiritualizzandosi e diventando etica produce una volontà di progresso capace di distinguere il principale dall’accessorio e di tendere verso una civiltà che non consiste solo nella acquisizione della scienza e della tecnica, ma si sforza anzitutto di far progredire l’individuo e l’umanità nella dimensione etica e spirituale».

La fondazione dell’etica che rispetta le due ineludibili esigenze di affermare la vita e di introdurre in essa un giudizio di valore è riassumibile, secondo Schweitzer, nell’orientare il proprio comportamento secondo il «rispetto della vita». L’imperativo categorico che fonda l’etica può essere formulato come: «Agisci in modo da favorire la vita». I criteri etici per valutare i comportamenti devono essere ricondotti ai principi fondamentali: è bene ciò che protegge e incrementa la vita, è male ciò che la distrugge e la danneggia.

Il termine che esprime il rispetto ― Ehrfurcht ― nell’espressione originale tedesca ha un senso più forte di quello che abbia nella nostra lingua. È impastato di timore reverenziale che nasce di fronte alla rivelazione del sacro; esprime partecipazione vissuta ed esperienza di natura mistica della vita alla quale si partecipa; implica non solo un rispetto timido e per così dire passivo della vita, ma un atteggiamento attivo che si manifesta nell’impegno per promuoverla; comporta le limitazioni necessarie, che hanno il nome di abnegazione e sacrificio (da questo punto di vista, la migliore esegesi

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della filosofia del rispetto della vita è l’esistenza stessa di Albert Schweitzer).

Chiamiamo «transpersonale» questo punto di vista sulla vita, assumendo e facendo propria l’esigenza che oggi emerge da quella corrente della cultura che ha assunto il nome programmatico di «Movimento transpersonale». Reagendo alla visione frammentaria che considera l’uomo separato dalla natura, e la natura stessa separata in parti, l’istanza transpersonale promuove una visione olistica, che riconosce l’unità e l’interconnessione delle parti, la mutua rappresentatività del tutto e delle parti. Come si esprime E. Fromm, il problema umano centrale che si presenta all’uomo post-moderno è «come superare la separatezza, come realizzare l’unione, come trascendere la propria vita individuale e trovare l’unità». Di questa unità superiore l’uomo non è più solo l’amministratore responsabile, e neppure il partner nella dialogicità etica: la figura fondamentale è quella del rapporto «Io-Sé», in cui l’io si risolve in un Tutto che, senza abolirlo, lo comprende a un livello superiore.

L’accesso a questa dimensione della vita che si staglia al di là della «persona» ― sintesi suprema, ma anche maschera; epifania, ma anche parziale eclissi dell’Essere ― è quello mistico ed esperienziale, con il suo correlato etico costituito dall’educazione della parte pulsionale dell’uomo. Questo necessario cammino era ben presente in quella specie di psicoterapia iniziatica che costituiva parte integrante della mistagogia a cui nella Chiesa delle origini erano sottoposti i credenti.

Un valore esemplare può essere attribuito agli insegnamenti di Evagrio Pontico, uno scrittore che ha esercitato un’influenza duratura sui sistemi dottrinali dell’antropologia spirituale cristiana. Nella sua Praktiké Evagrio traccia il cammino evolutivo del vizio della «gastrimargìa» alla virtù dell'«eucharistìa». Il primo ― che sarà successivamente identificato, in modo riduttivo, col vizio capitale della «gola» ― equivale a un’organizzazione della vita umana intorno al consumo. In questo senso si può capire come il peccato originale sia stato interpretato da alcuni scrittori cristiani come un peccato

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di «gastrimargìa»: il frutto, che simboleggia l’universo materiale, è stato assunto come oggetto di consumo e non come luogo di comunione con l’Essere che è alla sua origine, il Creatore. C’è un modo di «consumare» l’universo, e quindi di rapportarsi alla vita, che è lo stato di coscienza dell’uomo ordinario («psichico»); e c’è modo di «comunicare» con la vita che è lo stato di coscienza dell’uomo spirituale («pneumatico»), L’iniziazione cristiana equivale alla progressiva liberazione dal dominio della «gastrimargìa» ― da questo «spirito di consumo» ― per essere capace di vivere ogni cosa nello spirito di «azione di grazia» (eucharistìa).

Possiamo ancora designare col nome di «bioetica» l’orizzonte di autorealizzazione che si apre all’essere umano a questo livello? Il termine sembra scricchiolare sotto il peso di un tale ideale. Siamo lontani dalle accurate misurazioni del lecito e dell’illecito nell’ambito delle pratiche bio-mediche. Ma se è l’etica che deve farsi guidare dalla vita, allora è questo l’ideale a cui è chiamato l’essere umano, in quanto è fatto partecipe della vita.

L’etica della vita in una prospettiva transpersonale

Book Cover: L'etica della vita in una prospettiva transpersonale
Part of the Psicologia umanistica e transpersonale series:

De Rita - Di Mola - Fregni - Houssiau - Lombardi - Vallauri - Macconi - Maingain - Malherbe - Meire - Mozzanica - Piloni - Reich - Spinsanti

NASCERE, AMARE, MORIRE

Etica della vita e famiglia, oggi

a cura di Sandro Spinsanti

Edizioni Paoline, Cinisello Balsamo 1989

pp. 207-218

207

L’ETICA DELLA VITA IN UNA PROSPETTIVA TRANSPERSONALE

1. Bioetica: vedi alla voce «vita»

Quel comportamento riflettuto e responsabile che chiamiamo «agire etico» e la vita si sono incontrati. Dall’incontro è nato anche un neologismo: la «bioetica». Questo termine è entrato nel linguaggio corrente attraverso la porta dei mass media, nel momento in cui questi hanno incominciato a farsi cassa di risonanza di fatti di cronaca, avvenuti nell’ambito della sanità e della ricerca scientifica, destinati a scatenare vivaci discussioni di natura morale.

L’appello alla bioetica per portare chiarezza e orientamento in situazioni conflittuali è inteso come riferimento a un sapere metodico, quale può essere fornito da una disciplina accademica. Nel caso specifico il termine ha cominciato a circolare prima che la disciplina fosse costituita, tanto che ci si può domandare quanto la disciplina stessa debba la sua formazione alla preesistenza del nome che la qualifica. La situazione paradossale è confermata anche dal fatto che, a differenza di altri saperi costituiti, la bioetica ha prodotto un’enciclopedia standard (la Encyclopedia of Bioethics a cura di Warren Reich, edita in America nel 1978), ben prima che la bioetica in quanto disciplina

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avesse ricevuto un adeguato riconoscimento nelle istituzioni universitarie.

Anche il grande pubblico ha imparato in questi ultimi anni a identificare l’ambito della bioetica. A colpo sicuro si punterà su alcune situazioni estreme, create dal progresso della biologia e della medicina: fecondazione in vitro e «uteri in affitto», predeterminazione del sesso del nascituro, manipolazione degli embrioni, diagnosi prenatale, ingegneria genetica, trapianti di organi, arresto delle cure rianimative ai morenti, eutanasia. In queste e analoghe situazioni la bioetica instaura un confronto fra le realizzazioni possibili grazie alla tecnologia bio-medica e i valori umani di base, relativi alla vita, alla morte, alla salute. La più classica impostazione del problema dell’etica («Che cosa si può fare e che cosa non si può fare, adottando il criterio della bontà morale degli atti?») si riformula come un interrogativo radicale che fonda la bioetica in quanto disciplina: è lecito fare in ambito biomedico tutto quello che oggi siamo tecnicamente in grado di fare?

Questo interrogativo lo si è sentito risuonare fino alla saturazione, man mano che i problemi emergevano alla ribalta, debitamente corredati di toni sensazionalistici e patetici dal canale dei mass media. Benché questo modo di correlare l’etica o la vita abbia una sua indubbia legittimità, mostra tuttavia due limiti, uno contenutistico e l’altro formale. Per cominciare da quest’ultimo, spesso il dibattito sulla bioetica è segretamente pilotato dalla ricerca di regole da seguire, piuttosto che finalizzato alla formazione di una coscienza morale che sappia fare opera di discernimento e si orienti in modo creativo nelle situazioni inedite del nostro tempo.

La «formazione morale» è troppo spesso intesa come la trasmissione per via autoritaria di giudizi di accettazione o di condanna delle nuove pratiche biomediche, formulati sulla base di una determinata tradizione morale. Ai nostri giorni, inoltre, bisogna registrare una collusione perversa tra questo tipo di formalismo morale e il linguaggio telematico, che costituisce l’ambiente culturale nel quale siamo immersi.

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Questo linguaggio è quello dello 0-1, del «sì» o del «no», che esclude il «forse». La bioetica diventa allora sostanzialmente la distribuzione di giudizi di «liceità» o «illiceità», mentre gli sviluppi argomentativi hanno una funzione secondaria o di supporto a giudizi aprioristici.

Il secondo limite della bioetica a cui ci si appella correntemente riguarda lo spettro dei problemi di cui si occupa. Essendosi costituita sotto la spinta delle situazioni nuove ed eccezionali, tende a concentrare l’interesse sui casi limite. Si crea così la tipica situazione in cui l’albero impedisce di vedere la foresta. L’eutanasia, per esempio, è certamente un problema reale ai nostri giorni, reso acuto dalla spinta aggressiva di movimenti ideologici che militano per l’introduzione di prassi eutanasiche nella legislazione e nel costume; tuttavia il dibattito sull’eutanasia rischia di lasciare in ombra la condizione in cui si svolge la conclusione della vita e il decesso della stragrande maggioranza degli anziani malati cronici.

La bioetica deve fare uno sforzo costante di mantenere una visuale ampia sui problemi della vita, resistendo alla seduzione di lasciarsi trascinare dalla locomotiva dei mass media, che privilegia invece i casi eccezionali, destinati a suscitare vasta emozione. Questa modulazione casistica della bioetica fatta sulle terze pagine dei giornali ha il vantaggio della concretezza e assicura un forte aggancio al vissuto e all’attualità, preservando la disciplina dal diventare «accademica» nel senso deteriore. Tuttavia costituisce contemporaneamente un limite della bioetica, costringendola a coabitare più con la cronaca che con la speculazione filosofica.

2. La biosfera come oggetto dell’etica

L’apertura sulle questioni etiche fondamentali connesse con la nascita, la morte, la riproduzione, la cura della salute e la ricerca scientifica non assicura ancora il respiro appropriato alla bioetica. Essa adegua completamente il suo oggetto solo quando si occupa della vita tout court, del «bios»

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come fenomeno naturale, a cui l’uomo partecipa. La bioetica è correlata alla biosfera, considerata non sotto la modalità formale del conoscere, bensì sotto quella della responsabilità morale. Il primo aspetto, sotto cui si presenta la responsabilità morale nei confronti della vita, è quello più fondamentale di tutti: la sopravvivenza della vita stessa sul pianeta. L’umanità si è svegliata con un soprassalto da uno stato di letargo, per constatare che stava sonnecchiando sull’orlo dell’abisso.

Le minacce di conflagrazione atomica, anche se non ancora disinnescate, hanno ceduto la priorità a quelle connesse con il dissesto ecologico, con l’esaurimento delle risorse a causa di uno sfruttamento dissennato, con la rottura degli equilibri che permettono la vita.

Si va facendo luce la consapevolezza che è necessario fare delle scelte (Il tempo stringe: per riprendere il titolo di un libro di C. Friedrich von Weizsacker), si fonda sul fatto che la distruzione dei presupposti della vita è sempre più rapida ed efficace, in quanto le possibilità umane sono state moltiplicate dalla tecnologia. La specie umana è una specie che ha avuto troppo successo, fino ad acquisire la possibilità di aggredire la struttura del sistema che l’ha prodotta. Ma l'homo sapiens non sembra far onore alla designazione specifica che si è attribuita: il suo comportamento nei confronti della vita, compresa quella umana, ha più i caratteri dell’insipienza che della saggezza. È come un boscaiolo che, uscito a far legna, si metta a segare il ramo su cui sta seduto...

L’umanità sta prendendo coscienza che si trova a un bivio: se sbaglia l’ultimo test di intelligenza, consegnerà alle generazioni future un pianeta non più abitabile. Le decisioni di oggi si ripercuotono sul futuro immediato dell’umanità e del pianeta stesso. La saggezza di un’azione (anzi, più radicalmente, la sua stessa razionalità) va commisurata non solo sui vantaggi immediati che arreca, ma sugli effetti a lungo termine.

Oltre al carattere dell’urgenza, le scelte indilazionabili del nostro tempo devono avere anche quello della responsabilità:

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non solo nei confronti degli altri esseri umani, ma di tutti i viventi. La mentalità ecologica ha assicurato consistenza alla nozione di «biosfera», che abbraccia unitariamente tutto ciò che partecipa alla vita.

Un riflesso istintivo ci inclina a pensare alla sopravvivenza in termini egoistici, scegliendo di sacrificare gli altri per salvare se stessi. Un filosofo americano è arrivato anche a teorizzare una lifeboat ethics («etica da scialuppa di salvataggio»), proponendo di buttare a mare ciò che impedisce la sopravvivenza dei pochi che avrebbero qualche chance, se non fossero gravati dal peso dei più. Contrariamente a queste proposte, la solidarietà si impone come un’esigenza per la salvezza: la vita sulla terra si salva o si perde tutta insieme!

Rimanendo nell’ambito dell’immagine simbolica della scialuppa di salvataggio, il pensiero corre alla scena che conclude il film di Fellini E la nave va. L’unico a salvarsi dal naufragio del grande piroscafo è il giornalista, il quale aveva cercato rifugio nel posto più improbabile di tutti: la scialuppa che ospita l’enorme pachiderma, ingombrante passeggero della nave. Possiamo assumere l’immagine come metafora del destino della vita: le scelte che la preservano dal naufragio devono obbedire a una saggezza più lungimirante di quella ispirata dal miope buonsenso, che suggerirebbe di sacrificare le forme di vita «inferiori» a quelle superiori. Non sopravvivono i più forti (o i più egoisti), ma i più saggi; e la gestione responsabile del patrimonio della vita fa parte di tale responsabilità.

La forte spinta culturale, che induce a modificare l’atteggiamento nei confronti delle varie manifestazioni della vita sul pianeta, può essere descritta come una resipiscenza dall’hybris dello sfruttamento selvaggio della natura. Ma non si tratta solo di un calcolo utilitaristico finalizzato alla sopravvivenza della specie umana. La sensibilità ecologica dei nostri giorni non si limita a ispirare modelli per soluzioni scientifico-tecniche della crisi ambientale, nel senso di un perfezionamento del dominio dell’uomo sulla natura. C’è qualcosa di più: l’uomo comincia a sentire un senso di obbligo

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morale nei confronti della biosfera. La biosfera entra nell’ambito dell’etica. Si delinea in tal modo un significato più pregnante di «bioetica», che trascende quello che abbiamo appena considerato.

3. L’interpellazione del vivente

Il primo livello considerato di responsabilità verso la vita non è da sottovalutare. Presuppone il risveglio da quell’addormentamento nel quale noi credevamo che, a noi in quanto specie superiore, fosse tutto permesso: depredare il pianeta e usare tutte le forme di vita, vegetale e animale, a nostro piacimento. È il risveglio da un sogno di potere assoluto, di onnipotenza. Tuttavia questo primo livello si svolge entro l’ambito di una relazione asimmetrica, in cui la vita è un «esso», una cosa che l’uomo deve amministrare avveduta- mente. Quando si parla della vita in questi termini, ci si preoccupa, in fondo, solo della propria sopravvivenza. Ora, nella scala dei valori il sopravvivere ― il «salvare la pelle» ― è certamente un obiettivo rispettabile, ma non certo il più alto dei valori etici che l’umanità può proporsi.

Nel secondo livello di coscienza, a cui ci trasporta la bioetica, la biosfera è invece considerata come un’interpellazione, fonte di un comportamento etico che trascende la dimensione utilitaristica. Il paradigma fondamentale non è più «io- tu» (Martin Buber).

L’assunzione del vivente nell’ambito dell’etica è una innovazione di grande portata per il pensiero filosofico, oltre che ricca di conseguenze sul piano dei comportamenti. La riflessione morale dell’uomo occidentale, infatti, ha completamente trascurato la rilevanza etica di tutto ciò che non fosse riconducibile o al soggetto in prima persona (vizi e virtù), o agli obblighi derivanti dall’esistenza di altri soggetti. È come se l’ottica dell’etica si sia limitata esclusivamente a ciò che si trova di fronte al nostro sguardo, ma solo ad altezza d’uomo. Tutto ciò che deborda dal campo dei rapporti interpersonali,

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in quanto è collocato a un’altezza inferiore a quella dell’uomo, sfugge dalla prescrittività dell’etica.

Un esempio particolarmente illustrativo di questo restringimento di orizzonte è il posto attribuito agli animali e alle piante nei sistemi etici tradizionali. L’uomo non si sente moralmente obbligato nei loro confronti; se un obbligo esiste, è quello che l’essere umano ha verso se stesso (per esempio, non cedere a passioni come la crudeltà o l'avidità); dagli altri esseri naturali non proviene alcuna interpellazione. Il «dialogo con la natura» è lasciato alle religioni astoriche, che non si sono ancora sottratte al «fascinosum et tremendum» del sacro percepito negli avvenimenti naturali. I viventi non umani sono valutati come un’articolazione della natura, nei cui confronti l’uomo si considera, secondo la formula di Cartesio, «padrone e signore».

Come caso emblematico, possiamo riferirci al posto che spetta agli animali nell'Ethica di Spinoza. «La legge che proibisce di ammazzare gli animali ― afferma il filosofo razionalista ― è fondata piuttosto sopra una vana superstizione e una femminea compassione, anziché sulla sana ragione. Il dettame della ragione di ricercare il nostro utile prescrive, bensì, di stringere rapporti di amicizia con gli uomini, ma non coi bruti o con le cose la cui natura è diversa dalla natura umana... E tuttavia io non nego che i bruti sentano, ma nego che per questa ragione non sia lecito provvedere alla nostra utilità o servirci di essi a nostro piacere, e trattarli come meglio ci conviene, giacché essi non si accordano per natura con noi, e i loro affetti sono per natura diversi dagli affetti umani».

Questa prospettiva antropocentrica ha così fortemente anestetizzato la coscienza dell’uomo occidentale, educato tanto dentro il cristianesimo quanto al di fuori di esso, da impedirci di avvertire anche i casi più stridenti di immoralità. Un solo esempio: le pratiche di vivisezione e l’utilizzazione indiscriminata degli animali per la ricerca. Indubbiamente il problema è serio, se non vogliamo cadere nel massimalismo di qualsiasi segno, «demonizzando» la ricerca e mettendola

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aprioristicamente in stato di accusa, oppure, al contrario giustificandola sempre e comunque in nome della scienza, senza restrizioni di natura morale. È importante però notare nella filosofia tradizionale l'irrilevanza etica della natura non umana: piante e animali, essendo oggetti e non soggetti, esulano dall’ambito dell’etica dei fini. Mentre l’altro essere umano non può, kantianamente, essere considerato un mezzo, piante e animali, in quanto espressioni della natura sprovviste di umanità, possono esserlo.

4. La dimensione transpersonale della vita

Il vivente, non essendo collocato ad altezza dello sguardo umano, non è stato considerato come un interlocutore, fonte di diritti e di doveri come tutto ciò che entra nel dialogo etico. Tutt’al più l’umanità è riuscita ad allargare, con grande fatica, il concetto di uomo. Anche questo non è sempre stato facile: basti pensare quanti secoli ci sono voluti perché l'Occidente riuscisse a far entrare lo schiavo, o la donna, nel concetto di uomo, e quindi a inserire queste categorie di esseri nell’etica non come proprietà verso cui si hanno degli obblighi, ma come vis-à-vis a pieno statuto morale.

Ai nostri giorni le battaglie culturali più di frontiera sono quelle tendenti a conservare tale carattere antropologico alle vite che si vanno spegnendo e a rivendicarlo per l’embrione umano, fin dal primo momento del concepimento. Questa fatica di far accedere e di conservare al livello dell’etica, dove cioè si subisce l'interpellazione, chiunque partecipi alla natura umana (anche se non è a immagine e somiglianza di colui che detiene il potere, in particolare quello della parola che detta le leggi morali) deve continuare, chissà per quanto tempo ancora. Tuttavia contemporaneamente osserviamo emergere un’altra esigenza: quella che la nostra coscienza sia interpellata eticamente non più soltanto dall’essere umano, ma dal vivente in quanto tale. Anche se al vivente non spetta la qualifica di umano, va considerato come un soggetto da

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cui proviene un’interpellazione; con la sua stessa vita crea un obbligo morale.

Albert Schweitzer ha precorso questo sviluppo dell’etica con una formula cristallina: «Un’etica che si occupa solo degli esseri umani è disumana». Oggi non riusciamo ancora neppure a immaginare, viziati come siamo da una prospettiva centrata sull’uomo, che cosa potrebbe essere un’etica non inficiata dal vizio di fondo di considerare l’uomo come unico referente del discorso etico. Ci affacciamo qui verso un orizzonte ulteriore del concetto stesso di bioetica, che possiamo chiamare «transpersonale».

Sentiamo tutta la difficoltà ad abbandonare il concetto di «persona», sul quale specialmente la morale cattolica tende ad attestarsi per porre dei limiti alle indubbie prevaricazioni che avvengono in ambito bio-medico, tanto sotto la figura della terapia, quanto sotto quella della ricerca. Ci appoggiamo perciò volentieri alla riflessione di Schweitzer, con la fiducia che possa guidarci oltre la prospettiva dell’etica personalista, senza tuttavia farci smarrire i valori irrinunciabili che questa ha acquisito e che deve continuare a difendere.

Il suo punto di partenza è rigidamente filosofico. Nel suo progetto di fondare meta-eticamente l’etica, non si accontenta né del fondamento kantiano, né di quello cartesiano. Il dato più immediato della coscienza umana non è, a suo avviso, il «Cogito ergo sum», bensì la percezione della vita: «Io sono vita che vuol vivere, circondata da vita che vuol vivere». L’essenza dell’uomo e del mondo è l’aspirazione della vita a mantenersi, e inoltre a svilupparsi, a propagarsi, a espandersi. L’intuizione della volontà universale di vivere richiede però un giudizio di valore: il culto istintivo della vita conduce, da solo, alle peggiori prevaricazioni.

«L’affermazione del mondo e della vita in sé»» ― afferma ancora Schweitzer ― non può produrre che una civiltà imperfetta e incompleta. Soltanto spiritualizzandosi e diventando etica produce una volontà di progresso capace di distinguere il principale dall’accessorio e di tendere verso una civiltà che non consiste solo nelle acquisizioni della scienza e della tecnica,

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ma si sforza anzitutto di far progredire l’individuo e l’umanità nella dimensione etica e spirituale».

La fondazione dell’etica che rispetta le due ineludibili esigenze di affermare la vita e di introdurre in essa un giudizio di valore è riassumibile, secondo Schweitzer, nell’orientare il proprio comportamento secondo il «rispetto della vita». L’imperativo categorico che fonda l’etica può essere formulato come: «Agisci in modo da favorire la vita». I criteri etici per valutare i comportamenti devono essere ricondotti ai principi fondamentali: è bene ciò che protegge e incrementa la vita, è male ciò che la distrugge e la danneggia.

Il termine che esprime il rispetto ― Ehrfurcht ― nell’espressione originale tedesca ha un senso più forte di quello che abbia nella nostra lingua. È impastato di timore reverenziale che nasce di fronte alla rivelazione del sacro; esprime partecipazione vissuta ed esperienza di natura mistica della vita alla quale si partecipa; implica non solo un rispetto timido e per così dire passivo della vita, ma un atteggiamento attivo che si manifesta nell’impegno per promuoverla; comporta le limitazioni necessarie, che hanno il nome di abnegazione e sacrificio (da questo punto di vista, la migliore esegesi della filosofia del rispetto della vita è l’esistenza stessa di Albert Schweitzer).

Chiamiamo «transpersonale» questo punto di vista sulla vita, assumendo e facendo propria l’esigenza che oggi emerge da quella corrente della cultura che ha assunto il nome programmatico di «Movimento transpersonale». Reagendo alla visione frammentaria che considera l’uomo separato dalla natura e la natura stessa separata in parti, l’istanza transpersonale promuove una visione distica, che riconosce l’unità, l’interconnessione delle parti, la mutua rappresentatività del tutto e delle parti. Come si esprime E. Fromm, il problema umano centrale che si presenta all’uomo postmoderno è «come superare la separatezza, come realizzare l’unione, come trascendere la propria vita individuale e trovare l’unità». Di questa unità superiore l’uomo non è più solo l’amministratore responsabile e neppure il partner nella dialogicità

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etica: la figura fondamentale è quella del rapporto «io-sé», in cui l’io si risolve in un tutto che, senza abolirlo, lo comprende a un livello superiore.

L’accesso a questa dimensione della vita che si staglia al di là della «persona» ― sintesi suprema, ma anche maschera; epifania, ma anche parziale eclissi dell’Essere ― è quello mistico ed esperienziale, con il suo correlato etico costituito dall’educazione della parte pulsionale dell’uomo. Questo necessario cammino era ben presente in quella specie di psicoterapia iniziatica che costituiva parte integrante della mistagogia a cui nella Chiesa delle origini erano sottoposti i credenti.

Un valore esemplare può essere attribuito agli insegnamenti di Evagrio Pontico, uno scrittore che ha esercitato un’influenza duratura sui sistemi dottrinali dell’antropologia sprirituale cristiana. Nella sua Praktiké Evagrio traccia il cammino evolutivo dal vizio della «gastrimargia» alla virtù dell’«eucharistia». Il primo ― che sarà successivamente identificato, in modo riduttivo, col vizio capitale della gola ― equivale a un’organizzazione della vita umana intorno al consumo. In questo senso si può capire come il peccato originale sia stato interpretato da alcuni scrittori cristiani come un peccato di «gastrimargia»: il frutto, che simboleggia l’universo materiale, è stato assunto come oggetto di consumo, e non come luogo di comunione con l’Essere che è alla sua origine: il Creatore. C’è un modo di «consumare» l’universo, e quindi di rapportarsi alla vita, che è lo stato di coscienza dell’uomo ordinario («psichico»); e c’è un modo di comunicare con la vita che è lo stato di coscienza dell’uomo spirituale («pneumatico»). L’iniziazione cristiana equivale alla progressiva liberazione dal dominio della gastrimargia― da questo «spirito di consumo» ― per essere capace di vivere ogni cosa nello spirito di «azione di grazie» (eucharistia).

Possiamo ancora designare col nome di «bioetica» l’orizzonte di autorealizzazione che si apre all’essere umano a questo livello? Il termine sembra scricchiolare sotto il peso di un tale ideale. Siamo lontani dalle accurate misurazioni del

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lecito e dell’illecito nell’ambito delle pratiche bio-mediche. Ma se è l’etica che deve farsi guidare dalla vita, allora è questo l’ideale a cui è chiamato l’essere umano, in quanto è fatto partecipe della vita.

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Psicoterapie e pastorale

Sandro Spinsanti

PSICOTERAPIE E PASTORALE

in Dizionario di Pastorale della comunità cristiana

Cittadella Editrice, Assisi 1980

pp. 479-480

479

Ci sono cambiamenti nella persona umana che intervengono a seguito di una crisi biografica. Le traversie della vita ― la perdita della salute o di una persona cara, un dolore che nasce da separazioni o da fallimenti nella vita sentimentale, il fallimento del proprio progetto matrimoniale, l'incontro occasionale di una persona spiritualmente realizzata ― provocano talvolta il passaggio a un livello superiore di coscienza, sconvolgono la gerarchia di valori su cui si è basata la propria vita, conducono a una maturazione personale nella propria capacità di amore e di rinuncia. Accanto ai mutamenti accidentali esistono quelli perseguiti deliberatamente. In passato coloro che, spinti dalla sofferenza psichica, desideravano cambiare i loro sentimenti o il loro modo di vivere e di pensare, ricorrevano per lo più a un'esperienza religiosa. Il cambiamento veniva interpretato come una modificazione del rapporto con la divinità; al sacerdote era riservato un ruolo di intermediario in questo processo. I cambiamenti che un tempo avvenivano nell'ambito della religione, oggi vengono ricercati all'interno di un diverso quadro di riferimento. Sono sorti dei professionisti, gli psicoterapeuti, la . cui competenza specifica è quella di indurre modificazioni nella personalità.

L'articolazione tra cambiamenti benefici per la persona che avvengono spontaneamente e quelli perseguiti ad arte era presente allo stesso Freud. In un colloquio con V. von Weizsäcker, un medico-psicoanalista che riporta l'incontro in un libro di memorie, il padre della psicoanalisi ammetteva che non è necessario analizzare ogni caso di nevrosi: la vita stessa si incarica di operare un buon numero di guarigioni. Ad alcuni fa bene frequentare un uomo significativo; altri si guariscono passando per una grande gioia o un grande dolore. Ma il medico non ha a disposizione queste risorse, per cui deve scegliere un'altra strada. Quella della psicoterapia, appunto.

Le tecniche di intervento sulla personalità basate sulla conoscenza del funzionamento psichico dell'uomo sono entrate solo da poco nel patrimonio terapeutico dell'umanità. Introdotte all'inizio del secolo dalla psicoanalisi e avversate a. lungo tanto dalla medicina quanto dal sapere accademico e dalle istituzioni religiose, si sono affermate solo di recente, entrando anche nella cultura di massa. Una novità di rilievo rispetto al periodo degli inizi è che oggi bisogna parlare di psicoterapia al plurale. Le psicoterapie sono infatti molte, diverse, e irriducibili le une alle altre. La psicoanalisi di Freud si è ben presto differenziata sotto la spinta di capiscuola che hanno accentuato aspetti diversi del potenziale umano o sono partiti da una differente concezione antropologica (Jung, Adler, la corrente esistenziale, gli psicologi dell' "Io"). Al trattamento individuale si è aggiunto quello di gruppo. Il periodo di maggiore sviluppo si è avuto quando la psicoterapia si è trapiantata in America, dando vita a un fenomeno di diffusione capillare, anche a livello socio-culturale medio (a differenza della psicoanalisi classica, che era e rimane un fenomeno di élite). Coloro che si ispirano a una concezione spiritualistica della vita guardano con interesse particolare al movimento della "Psicologia umanistica", evidenziatosi nel panorama poliedrico delle psicoterapie nell'ultimo decennio. Questa corrente intende prendere le distanze tanto dalla psicoanalisi quanto dalla psicologia comportamentista. Alla prima rimprovera di non tener conto delle qualità positive nell'essere umano; alla seconda di considerare l'uomo come vittima indifesa delle pressioni esercitate su di lui dall'ambiente, sottraendogli quindi la capacità e il diritto di autodeterminarsi. Le varie psicologie e metodi terapeutici che si riconoscono nella psicologia umanistica condividono alcuni principi

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comuni: la persona umana va studiata come un tutto; le mete, i valori, le aspirazioni, il futuro contano più delle determinazioni storiche e ambientali; si devono valorizzare le qualità del comportamento che sono più propriamente umane, come la capacità di scelte, la creatività e l'auto-realizzazione. In prospettiva umanistica, la terapia consiste essenzialmente nell'incontro autentico tra due individui reali, per promuovere il passaggio a uno stato di maggiore crescita.

Dal momento che le persone davvero realizzate sono rare e che ciascuno ha la capacità di trovare maggiormente se stesso, l'indicazione psicoterapeutica diventa fluida: è di utilità tanto ai malati che ai "sani". La psicoterapia è finalizzata alla liberazione dell'energia bloccata, ad attuare il potenziale integrale della persona, a promuovere la crescita per vivere con piena consapevolezza le esperienze più significative. Sulla scia dello human-potential movement, originariamente nato in California, migliaia di persone normali, desiderose di una maggiore crescita e maturazione personali, alla ricerca di un aiuto per arrivare al riconoscimento del proprio valore e alla fiducia in se stessi, hanno preso la strada della psicoterapia.

Il posto che va assumendo la psicoterapia nella cultura e nei costumi dei nostri contemporanei ci invita a considerare questo strumento per la formazione umana anche da un punto di vista pastorale. Il clima di diffidenza reciproca che è esistito a lungo tra psicologia e religione si va dissipando. Il Vaticano II ha autorevolmente invitato i cattolici a un uso positivo delle scienze umane. La Gaudium et spes addita nel progresso delle scienze psicologiche e sociali una risorsa per una migliore conoscenza di sé, che mette l'uomo in grado di influire direttamente sulla vita della società, mediante l'uso dei metodi tecnici (n. 5); a proposito della cura pastorale, si esorta affinché «si conoscano sufficientemente e si faccia buon uso non soltanto dei principi della teologia, ma anche delle scoperte delle scienze profane, in primo luogo della psicologia e della sociologia» (GS, n. 62). Oggi teologi e psicoterapeuti cessano di ignorarsi, per iniziare un dialogo sull'argomento centrale dei loro rispettivi interessi: l'uomo sano e felice. Alcune psicoterapie suscitano riserve per la sottovalutazione della trascendenza e della presenza del male nella vita dell'uomo; per l'inclinazione all'edonismo: per l'obnubilazione pratica delle esigenze morali. D'altra parte va anche riconosciuto che molti recuperi di una religiosità autentica passano attraverso lo studio dello psicoterapeuta, in quanto la psicoterapia può aiutare a liberarsi da concezioni patologiche della religione.

Dal punto di vista pastorale va·messa la massima cura nell'aiutare coloro che si sottopongono a una psicoterapia a Don confondere l'autorealizzazione umana che possono ottenere mediante questa con la conversione predicata da Gesù. Ogni cambiamento che avvenga in profondità è sintomo di conversione. Tuttavia nessuno può sapere se è convertito. Bisogna imparare a discernere, individualmente e comunitariamente, i segni della conversione, tra cui spiccano i «frutti dello Spirito» (cf. Gal 5,22-23).

BIBLIOGRAFIA

J.M. Pohier, Psychologie et théologie, Cerf, Paris 1967

R. Zavalloni, Psicologia pastorale, Marietti, Torino 19702

C. Buehler-M. Allen, Introduzione alla psicologia umanistica, Armando, Roma 1976

A. Maslow, Verso una psicologia dell'essere, Ubaldini, Roma 1977

Kerigma e Therapeia, Quaderni di Camaldoli, 21 (1979)

D. Wyss, Storia della psicologia del profondo, 2 voll., Città Nuova, Roma 1979 e 1980

La professione psicoterapeutica

Sandro Spinsanti

La professione psicoterapeutica e il codice deontologico degli psicologi

in Quaderni di psicologia, Analisi Transazionale e Scienze umane

n. 25, 1998, pp. 17-26

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LA PROFESSIONE PSICOTERAPEUTICA

E IL CODICE DEONTOLOGICO DEGLI PSICOLOGI

Riassunto

L’autore sottolinea la necessità di approfondire la riflessione su etica e deontologia, proprio nel momento in cui è disponibile il codice deontologico degli psicologi.

Il rischio è spostare l’attenzione sulle regole, irrigidendo e privando di significato i comportamenti.

Abstract

The psychotherapist profession and the deontology code of psychologists

The author underlines that it is necessary to continue to deep the reflections about ethics and deontology even now that is available the deontology code of psychologists.

There is now the risk to put much of our attention on the rules, having then more rigids and meaningless behaviours.

Gli psicologi italiani sono giunti tardi ad avere un codice deontologico. Lo ha imposto la legge costitutiva dell’Ordine degli psicologi ed è stato realizzato — non senza difficoltà: basti pensare che il primo referendum tra i professionisti, avvenuto nel maggio 1996, per voto diretto o postale, non ha raggiunto il quorum previsto per un solo voto! ― solo nel 1997. Il ritardo non va commisurato solo in base ad analoghe codificazioni di altri paesi; se ci si riferisce al ruolo che i codici deontologici hanno nella professione medica, la mancata elaborazione di un codice per gli psicologi diventa ancor più macroscopica.

Le ragioni del ritardo diventano evidenti se attribuiamo alla deontologia la funzione che le assegna Salvatore Amato: «La deontologia si colloca nella zona d’ombra tra specificità professionale e domanda sociale. Costituisce una specie di sguardo dietro le quinte dove l’apparenza, l’immagine esteriore, non può precludere lo sforzo

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interiore di definizione del proprio ruolo. La domanda: “Chi siamo noi?” si incontra con l’altra: “Chi volete o credete che siamo noi?”, in un continuo arricchimento dell’una verso l’altra» (Amato 1996, p. 149). Soltanto quando le condizioni sociali di deregulation che hanno tenuto per decenni l’attività dello psicologo, e dello psicoterapeuta in particolare, in una sorta di limbo di legalità ― tra repressioni giudiziarie sporadiche e tolleranza di fatto — hanno lasciato posto a un riconoscimento della professione, con un suo profilo autonomo, si sono create le condizioni per avviare l’elaborazione di un proprio codice deontologico.

Nel frattempo sono andate maturando dal basso le condizioni che rendono il codice non solo auspicabile, ma urgente. Queste sono costituite da condotte che pongono dubbi e difficoltà di giudizio etico da parte dei professionisti. Lo dimostra un’indagine nazionale realizzata tra gli psicoterapeuti italiani in collaborazione con l’Ordine nazionale degli psicologi. I risultati della ricerca sono stati anticipati in un articolo pubblicato su «L’Arco di Giano» (Gius, Coin 1998). Può essere utile considerare schematicamente quali sono, in percentuale, i comportamenti considerati problematici, nella propria pratica professionale e in quella dei colleghi, dai 696 psicoterapeuti che hanno risposto al questionario (vedi tabella 1).

Dalla lettura dei dati fatta dagli studiosi che hanno condotto la ricerca, risulta che i comportamenti vissuti come più problematici da valutare dal punto di vista morale sono quelli riferiti alla gestione economica del rapporto con il paziente, in quanto elemento specifico della libera professione; la salvaguardia delle regole del setting; la questione della neutralità e della conduzione del rapporto professionale (da rapporto altamente formalizzato, la relazione terapeutica sembra essersi trasformata in un’interazione caratterizzata da maggiore familiarità e vicinanza tra i partner); la gestione del segreto professionale; la possibilità di denunciare i colleghi a causa di comportamenti obiettivamente scorretti e lesivi per il paziente.

A conclusione della ricerca, Erminio Gius e Romina Coin sollevano la questione metodologica del rapporto tra deontologia ed etica.

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Tabella 1: Giudizi sull’etica e frequenza di alcune condotte nella propria pratica e in quella dei colleghi

Etico?

Verificato almeno

qualche volta nella pratica

CONDOTTE

NON SO/

NEUTRO

%

NO/

SOLO IN CIRCOSTANZE ECCEZIONALI

%

SI/

IN MOLTE OCCASIONI

%

IO

%

COLLEGHI

%

Accettare un regalo di poco valore dal paziente

30.2

42.8

27.0

84.3

84.9

Aumentare l’onorario nel corso del trattamento

28.9

19.4

20.0

64.8

84.1

Accettare che il paziente non paghi per un lungo periodo

28.6

48.9

22.4

60.7

77.8

Denunciare un paziente che ha commesso un omicidio

27.9

48.7

23.4

2.6

14.6

Fare una terapia gratuitamente

26.6

53.4

21.2

39.5

68.5

Farsi pubblicità su giornali ecc.*

26.5

47.4

26.1

29.3

77.1

Fare fantasie sessuali su un paziente

26.3

57.9

15.8

61.5

64.2

Intervenire in caso di reale rischio suicidario del paziente

24.9

24.1

51.0

41.9

Mostrarsi contrariato nei confronti del paziente

24.7

57.9

17.4

77.3

61.1

Denunciare dei colleghi per condotte scorrette e dannose per i pazienti

23.7

21.4

54.9

10.2

77.3

Denunciare un paziente che ha commesso atti di violenza sessuale

23.6

57.2

19.3

7.1

31.1

Non accettare in terapia persone con procedimenti penali in corso

23.0

48.1

28.9

30.0

24.2

Farsi dare del tu dal paziente

22.7

55.0

22.3

59.0

46.8

Informazioni sulla propria vita privata

22.7

67.5

9.8

64.6

76.7

Fare pagare sedute mancate*

21.8

46.6

31.5

51.7

73.7

Interrompere la terapia se il paziente non può più pagarla*

21.5

57.6

21.0

35.5

83.0

Accettare in terapia un paziente pur nutrendo riserve sull’opportunità del trattamento

21.1

67.7

10.2

68.8

73.8

Stringere un rapporto di amicizia con un ex paziente

21.0

66.7

12.4

32.8

77.7

Dare del tu al paziente adulto

20.7

59.8

19.5

51.7

76.2

20

La loro assunzione di partenza era quella di considerare luetica” come filosofia personale o progetto di vita del soggetto, con i contenuti di senso e di valore che guardano la condotta individuale e in base a cui il soggetto agente identifica ciò che è bene e ciò che è male, e la “deontologia” come luogo del dovere, della condotta prescritta, in un riferimento a una definizione di ciò che è bene o male anteriore all’esperienza. Considerati i risultati dell’indagine, gli Autori si sentono autorizzati ad auspicare una migliore integrazione tra deontologia ed etica: «La deontologia è un primo importante livello di intersezione tra etica e professionalità: essa risponde a una imprescindibile esigenza di regolamentazione interna e a una precisa responsabilità sociale della nostra categoria professionale. Un passo futuro dovrà essere quello di provvedere a un recupero del divario tra versante prescritto e versante motivazionale, e questo a partire dai luoghi preposti alla formazione personale e professionale dello psicologo, affinché la deontologia, nell’indicare delle linee comuni, possa interpretare un senso comune, i principi caratterizzanti la professione nei quali ogni professionista si riconosca» (Gius, Coin 1998).

È quanto dire che, se anche un codice deontologico fornisce dei punti di riferimento non equivoci nei comportamenti che suscitano perplessità, non avremmo con ciò stesso assicurato un livello ottimale di pratica professionale della psicoterapia. Accogliamo l’invito a continuare e approfondire la riflessione sui rapporti tra etica e deontologia. Il bisogno è tanto più pronunciato in quanto la disponibilità attuale di un codice deontologico potrebbe spostare l’attenzione unicamente sulle regole, dando per scontato il loro significato e il ruolo che giocano nel guidare i comportamenti.

Ora che la legge ha delineato in Italia il perimetro d’azione dello psicologo, liberando i professionisti che si applicano alla cura dei disturbi psichici dalla spada di Damocle costituita dall’accusa di esercizio abusivo dell’arte medica, la psicoterapia ha una legalità riconosciuta. Ma la legalità non produce automaticamente la legittimità, che si pone a monte. Entriamo nell’ambito della questione della legittimità quando cerchiamo di rispondere alla domanda: «Con quale diritto fai quello che stai facendo?». La divaricazione fra

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legalità e legittimità è evidente nei confronti del potere politico, almeno in alcune situazioni: certi comportamenti possono essere legali, in quanto conformi a leggi imposte dal potere legittimo, ma cadono sotto la condanna morale che ne denuncia l’illegittimità (per fare solo un esempio, si pensi alle leggi che imponevano l’eutanasia ai malati mentali sotto il regime nazista). È qui che interviene la deontologia, nella sua preoccupazione primaria di garantire le condizioni di legittimità nell’esercizio della professione.

La prima professione che si è seriamente preoccupata di elaborare le regole deontologiche che definiscono la modalità corretta del proprio esercizio è quella medica. Anticipata dal glorioso giuramento di Ippocrate e dalla tradizione che imponeva al medico norme di comportamento obbliganti in determinate situazioni, la deontologia del medico ha ricevuto nel secolo scorso una sua codificazione precisa. Il codice medico ufficiale è, in ordine cronologico, quello emanato dall'American Medical Association nel 1847.

Ben presto il riferimento al codice deontologico diventava il principale strumento per demarcare i medici seguaci della scienza medica ufficiale ― unici detentori, in pratica, della delega da parte della società di esercitare l’arte sanitaria ― dai “guaritori” di vario genere, non autorizzati. L’elaborazione di un codice deontologico medico ha giocato una parte rilevante nella divisione, presso l’opinione pubblica, dei sanitari in due categorie: i medici attendibili e i ciarlatani.

Tenendo presente il modello medico, ci rendiamo conto che la deontologia professionale svolge un ruolo molteplice: legittima socialmente una modalità di esercizio della professione, differenziandola dalle altre; serve a costituire un corpo professionale omogeneo, grazie all’impegno di solidarietà e lealtà reciproche che assumono coloro che si astringono all’osservanza delle stesse norme; esplicita le “regole del gioco” che reggono la professione; favorisce un rapporto di fiducia presso gli utenti, i quali sanno così quali comportamenti possono aspettarsi dai professionisti “seri”.

La medicina ha sentito la necessità di elaborare delle regole deontologiche

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per la natura particolare della professione, che prevede l’accesso di un estraneo nell’area dell’intimità corporea di un’altra persona. Nel caso della psicologia clinica il rapporto tra la deontologia e il lavoro professionale è ancora più serrato. La realtà che viene “manipolata”, infatti, in questo caso non è il corpo, bensì quel supremo foro dell’interiorità che chiamiamo psichismo: pensieri, emozioni, ricordi, sentimenti.

Oltre al pudore che ci fa difendere il corpo, esiste un’altra forma di protezione della sfera psichica della nostra realtà. Il rapporto psicoterapeutico ha una particolare delicatezza e fragilità per le interferenze fantasmatiche che in esso si realizzano. Un fiume sotterraneo di paure lo attraversa nei due sensi: paura dello sfruttamento e della seduzione, dello smantellamento di sé e della perdita dell’autonomia, dell’utilizzazione strumentale e del plagio, della violenza che passa per le vie tortuose del ricatto affettivo e della persecuzione.

Nei confronti di tali paure paranoiche le regole deontologiche agiscono in senso preventivo e profilattico, impedendo che si solidifichino e acquistino maggiore consistenza. Come tutte le norme di natura deontologica, servono a incrementare un rapporto di fiducia tra l’utente e il professionista, indispensabile per l’esercizio armonioso della professione stessa.

Mantenendoci ancora nell’ambito generale del concetto stesso di deontologia professionale, possiamo aggiungere che questa si colloca tra la legge e l’etica, senza identificarsi né con l’una né con l’altra. Il termine in se stesso può essere fuorviante, se lo prendiamo nella sua accezione etimologica. Nel suo conio originario (il primo a parlarne è stato il filosofo Jeremy Bentham nell’opera Deontology, or the Science of morality, pubblicata nel 1834) aveva una valenza filosofica: tracciava i contorni dell’etica come scienza del “conveniente”.

Bentham intendeva proporre il principio utilitaristico come origine e fine del diritto, sostituendo la norma morale con la tendenza a seguire il piacere e fuggire il dolore. Una sfumatura utilitaristica è rimasta nell’accezione moderna di deontologia, in quanto essa è finalizzata al vantaggio della professione che la elabora; tuttavia non

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equivale a una dottrina etica che si propone di normare l’agire umano secondo criteri di bontà morale.

Più di recente è prevalso l’uso giuridico del termine, che fa della deontologia l’equivalente del diritto professionale, ossia dell’insieme dei diritti-doveri che impone ai professionisti l’esercizio della loro professione. Il concetto di deontologia che proponiamo non si lascia ridurre né all’etica né alla legge. Le osservazioni precedenti sulla legalità e sulla legittimità dovrebbero aver chiarito a sufficienza che la deontologia non si limita a esplicitare le condizioni in cui l’esercizio della professione è conforme alla legge. Un ulteriore elemento di differenziazione è costituito dal fatto che le norme deontologiche non sono imposte da un’istituzione giuridica: esse sono elaborate dai professionisti stessi, attraverso gli organi rappresentativi; i professionisti decidono di seguirle per una valutazione autonoma delle condizioni ottimali di funzionamento della professione.

L’etica, da parte sua, riflette sui principi ai quali ispirare il comportamento umano, in relazione alle domande sul bene e sul male, sul giusto e l’ingiusto, il doveroso e il lecito. E chiaro che un’alta ispirazione morale è qualificante per professioni, quali sono quella del medico e dello psicoterapeuta, in cui ci si rapporta a un’altra persona sofferente per restituirla al benessere. Non è compito, tuttavia, della deontologia creare o alimentare tale atteggiamento ideale. Essa potrà essere chiamata, piuttosto, a porre un freno al possibile degrado patologico della volontà di far del bene, quando questa minacciasse di violare l’autonomia della persona che si trova in stato di bisogno fisico e psichico.

Che cosa autorizza il professionista della salute mentale a intervenire con la terapia nel mondo psichico di un’altra persona? Sotto la trama delle norme, apparentemente arbitrarie, che costituiscono un codice deontologico, individuiamo l’intenzione profonda di rendere ragione di ciò che costituisce la professionalità dello psicoterapeuta, e quindi di giustificare perché fa quello che fa.

La volontà di aiutare non è una ragione sufficiente per giustificare l’intervento psicoterapeutico. La morale individuale a cui si aderisce può prevedere l’obbligo di assistere, con le proprie risorse

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materiali e spirituali, il prossimo in necessità. Ma lo spirito missionario, anche se espressione autentica di un essere umano che ha superato il narcisismo solipsisitico per aprirsi alla dimensione della reciprocità, non conferisce di per sé un diritto a entrare nello spazio psicologico dell’altro. La professione psicoterapeutica non si può fondare sulla missionarietà: correrebbe il rischio di trasformarsi, prima o poi, in sottili forme di prevaricazione. Le regole deontologiche costituiscono un contrappeso alle buone intenzioni, impedendo loro di scivolare verso la china delle relazioni “infernali”.

Esclusa la missionarietà dell’operatore, la fondamentale condizione di legittimità della relazione terapeutica in quanto rapporto professionale rimane la richiesta di aiuto da parte del cliente. Subito si affaccia una questione di primaria importanza: basta il consenso, o è necessario un appello esplicito, che esprima un desiderio personale di entrare nel rapporto terapeutico? La questione del consenso “informato” ritorna in tutti i codici deontologici degli psicologi che svolgono ricerca (particolare sensazione e divergenza di opinioni suscitano i procedimenti degli psicologi sociali che presuppongono l’inganno sistematico del soggetto sperimentale (Kennedy 1975).

La deontologia degli psicologi clinici, preoccupata di definire le condizioni che rendono possibile la relazione terapeutica, deve tener conto di una molteplicità di situazioni: clienti adulti o non ancora maggiorenni, ricoverati in istituti di cura o accedenti di propria iniziativa allo studio dello psicoterapeuta che esercita la libera professione, pazienti nevrotici o psicotici, con l’intervento o meno di un terzo pagante. In genere ci si allinea sulla condizione che all’inizio ci sia almeno il consenso. Lo psicoterapeuta si impegna, perciò, a rifiutare le situazioni in cui la sua opera costituirebbe una collusione con quanti esercitano una pressione — giuridica, psicologica o morale ― sul paziente. La psicoterapia equivale a un’alleanza non con chi detiene di fatto l’autorità, ma con il paziente.

I “contratti terapeutici”, invalsi nella prassi di molte scuole psicoterapiche, vogliono esprimere precisamente tale ancoraggio del rapporto terapeutico a una volontà precedente del cliente, indipendentemente sia da quella del committente, sia da quella dello psicoterapeuta. Questi è consapevole che l’alleanza terapeutica è una realtà

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molto meno lineare e univoca di quello che vuol sembrare: è insidiata in profondità da reticenze, opposizioni, rifiuti, volontà inconscia di far fallire il terapeuta, oltre che da tutti i problemi controtransferali di quest’ultimo; la domanda originale, inoltre, può — anzi, spesso deve — trasformarsi nel corso del processo terapeutico.

Tutto ciò ci fa capire che la corrispondenza tra la domanda e l’offerta in psicoterapia è di natura particolare, non equiparabile a quella che si realizza in altri tipi di transazioni. Tuttavia l’aggancio alla domanda, o più germinalmente al consenso, rimane una prima fondamentale condizione di esercizio legittimo della psicoterapia.

Due comportamenti, di conseguenza, rimangono deontologicamente inammissibili: la subordinazione strumentale a chi detiene l’autorità e la manipolazione del paziente per suscitare un consenso con lo psicoterapeuta.

Una seconda condizione legittima la professione della psicoterapia: la competenza dello psicoterapeuta. Il dibattito sull’inquadramento legale della professione è valso a mettere in evidenza che le condizioni requisite dalla legge per garantire una buona professionalità devono riposare su un accordo precedente circa la competenza necessaria per instaurare un rapporto terapeutico. Non basta una conoscenza esaustiva delle realtà psicologiche per costituire tale competenza. Neppure il più ineccepibile sapere scientifico, ratificato da lauree universitarie, diplomi o attestati, può da solo fornire la garanzia della professionalità dello psicoterapeuta.

Da questo punto di vista, è pienamente comprensibile la richiesta che l’accesso alla professione psicoterapeutica non dipenda unicamente dal conseguimento di una laurea, ma sia subordinato a un training didattico formale. Il rapporto di familiarità con le realtà psicologiche che conferisce una competenza psicoterapeutica è solo quello che si acquisisce sottoponendosi personalmente al processo della terapia. Per mutuare una formula a effetto attribuita a Cari Whitaker, chi pretende di stare nella posizione one up, senza essere stato prima nella posizione one down, dà prova di malafede.

Tutto è, dunque, roseo e innocente nell’ambito della deontologia professionale? Non sarà fuori luogo, prima di concludere queste

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considerazioni, fare almeno un cenno evocativo della parte che spetta all’avvocato del diavolo. L’interesse per le codificazioni deontologiche può servire anche a cause meno nobili, come gli interessi corporativistici dei professionisti. La correttezza deontologica può costituire, come è stato detto efficacemente, un sistema raffinato «per essere morali in luoghi immorali» (Reed 1981).

L’ipocrisia, che minaccia ogni persona e ogni gruppo organizzato, acquista in questo caso il volto concreto del doppio standard: sotto la patina della correttezza formale, a cui si attengono i professionisti, la professione brulica di incoerenze e trasgressioni rispetto alle esigenze morali. Il “buon” professionista può diventare così «l’uomo buono nel peggior senso della parola», di cui parla Mark Twain! La deontologia professionale può tramutarsi in una caricatura dell’etica: questa eventualità va tenuta presente. Non per rinunciare all’impresa di costruire dei parametri deontologici per gli psicologi solidi e trasparenti, bensì per non cadere negli inganni dell’impresa stessa.

Bibliografia

Amato S., Gli psicologi italiani alla ricerca di un codice deontologico, in «L’Arco di Giano», n. 12, 1996.

Gius E., Coin R., Etica, deontologia e psicoterapia. Primi risultati di un’indagine nazionale, in «L’Arco di Giano», n. 17, 1998.

Kennedy E.C., Human right and psychological research, New York 1975.

Reed G.F., On bei moral in immoral places, in «Social Sciences and Medicine», 1981.

L’analisi transazionale come psicoterapia

Sandro Spinsanti

L'ANALISI TRANSAZIONALE COME PSICOTERAPIA E COME STRUMENTO PER MIGLIORARE LE RELAZIONI INTERPERSONALI

in Kerigma e Therapeia

Quaderni di V.M. Camaldoli, n. 21

Camaldoli, 1979

pp. 21-39

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1. L’Analisi Transazionale: un nuovo approccio in psicoterapia

La nascita dell’A.T. potrebbe essere letta come un’ulteriore esemplificazione di quel processo di distacchi e creazione di nuove correnti che caratterizza la storia del movimento psicoanalitico. Fin dall’epoca di Freud la preoccupazione per l’unità e l’ortodossia non è riuscita a neutralizzare le spinte centrifughe di altri capiscuola: Jung, Adler, Fromm, Sullivan, per nominare solo i più rappresentativi. Dopo la morte del fondatore della psicoanalisi gli approcci alla psicologia del profondo si sono sempre più moltiplicati e differenziati 1. Eric Berne, cui dobbiamo l’Analisi Transazionale, veniva da una formazione psicoanalitica classica. L’aveva iniziata nel 1941 all’istituto Psicoanalitico di New York, facendo un’analisi personale con Paul Federn, e ripresa nel 1946

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all’istituto Psichiatrico di San Francisco, dove è stato in analisi per due anni con Eric Erikson. Nei suoi scritti tra il 1947 e il 1956 non si trova traccia della preoccupazione di portare modifiche alla psicoanalisi. La rottura avvenne nel 1956, l’anno in cui richiese il titolo di «psicoanalista». Se lo vide rifiutare, con la motivazione che non era ancora pronto e che aveva bisogno di alcuni anni di formazione supplementare. Solo allora maturò in Berne il progetto di continuare per la propria strada. Iniziava così un nuovo approccio in psicoterapia, con i suoi rischi e le sue «chances». Tuttavia i presupposti per la svolta dovevano essere presenti già da tempo nel pensiero di Berne. Lo dimostra la rapidità con cui redasse gli scritti di fondazione dell’A.T. Con la pubblicazione dell’articolo: «Analisi Transazionale: un metodo nuovo ed efficace di terapia di gruppo» nell'American Journal of Psychotherapy, nell’ottobre 1958, il nome e i contenuti essenziali della nuova psicoterapia avevano la loro consacrazione ufficiale. Nel 1963 l’Associazione Psichiatrica Americana gli permetteva di presentare un contributo al congresso annuale, col titolo: Principi di Analisi Transazionale; nei congressi degli anni successivi l’interesse degli altri psichiatri crebbe progressivamente, in parallelo con la diminuzione delle inevitabili resistenze iniziali. L’A.T. (come nuovo orientamento psicoterapeutico) acquistava un diritto reale di cittadinanza, consacrato dalla pubblicazione del «Transactional Analysis Bullettin» e, a partire dal 1971, dal più impegnativo «Transactional Analysis Journal».

A complemento dell’informazione essenziale sull’iniziatore della nuova scuola psicoterapeutica va detto qualcosa circa l’A.T. stessa. Comprende una teoria sistematica della personalità e della psicopatologia, nonché un metodo di trattamento derivato da tali costrutti teoretici. In questo breve schizzo rinunciamo ai rimandi bibliografici. Lo scheletro della teoria transazionale si trova, con maggiore o minore ampiezza, in quasi tutte le opere di Berne citate nella scheda bibliografica.

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L’analisi strutturale della personalità consiste essenzialmente nell'individuare i tre «stati dell’io», secondo come emergono nelle diverse situazioni. Gli stati sono fenomenologicamente distinti, in rapporto stretto con le esperienze e le percezioni della persona. Il loro riconoscimento è intuitivo; il passaggio dalla spiegazione all’«insight» personale è immediato. È forse questa la ragione della popolarità che hanno subito acquisito, anche al di fuori dell’ambito psico-terapeutico, il «Genitore», l’«Adulto», il «Bambino» coniati da Berne. L’abbondante uso di diagrammi contribuisce ancor più alla chiarezza.

I tre stati dell’io possono deviare dal funzionamento che è loro appropriato. Le loro emozioni — idee — comportamenti possono subentrare nel momento e luogo sbagliati e condurre così ad un comportamento che è distruttivo per la persona: questa la dinamica interna della psicopatologia. L’espressione caratteristica degli stati dell’io del paziente si può dedurre dal modo in cui avvengono le sue transazioni col terapeuta e con i membri del gruppo di terapia. Le persone interagiscono e comunicano tra loro a tre livelli, quelli appunto dei tre stati dell’io. La comunicazione è interrotta quando il partner risponde su un altro piano rispetto a quello in cui è stato interpellato. Il trattamento nella sua fase di «analisi strutturale» consiste nel rendere cosciente la persona di queste sue espressioni; nella fase «transazionale» vengono analizzate le sue transazioni patologiche e le strategie che guidano la sua esistenza («transazioni» sono tutti gli scambi interpersonali tendenti ad acquisire unità elementari di «riconoscimento»: strokes o «carezze»). Al centro della teoria psicopatologica dell’A.T. sta il concetto dell’adattamento inconscio ai desideri e comandi primitivi dei genitori. Dopo le prime intuizioni di Berne, i transazionalisti hanno sviluppato l’elaborazione teorica e pratica di questo importante problema: attraverso quale meccanismo un desiderio genitoriale viene trasporto in un modello comportamentale di docilità, che in alcuni casi si rivela altamente distruttivo

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per l’individuo? Nella situazione della prima infanzia il bambino, preso tra i suoi desideri-bisogni e le situazioni ambientali che vi si oppongono, prende alcune decisioni di sopravvivenza. La sua vita si costruirà sopra quelle prime decisioni, relative a ciò che è importante per lui, a come vede se stesso, ai suoi rapporti con l’ambiente. La sua esistenza sarà strutturata secondo un «copione», al quale si attiene scrupolosamente; le diverse strategie transazionali, analizzate da Berne nel suo popolarissimo A che gioco giochiamo, servono per mantenere questo «copione». Dal momento che molte delle nostre prime decisioni sono prese inconsciamente o in un momento troppo precoce della vita per valutarne giustamente la portata, le «chances» che le prime decisioni siano realistiche e appropriate per la vita futura non sono molte. Ne derivano allora copioni autodistruttivi, riconoscibili dal fatto che si continua a fallire. Lo scopo della seconda fase del trattamento è di portare alla piena luce il «copione di vita» e le transazioni che lo sostengono, in vista di una «ridecisione». La nuova decisione struttura il comportamento in modo che la persona si lascerà guidare dal desiderio sano di fare il proprio interesse, e non dalla paura della disapprovazione genitoriale. Il cambiamento deve avvenire a livello emotivo, ma spesso è facilitato dalla conoscenza.

Il terapeuta si impegna per facilitare la conoscenza, non tuttavia come una nuova figura genitoriale che impone un altro «copione». La terapia tende a far conseguire la completa autonomia nella libertà.

Una funzione particolare in questa psicoterapia spetta al gruppo. Fin dall’inizio l’A.T. si è sviluppata come tecnica di gruppo. Analizzando il comportamento nel quadro costituito dal piccolo gruppo, è più facile individuare gli stati dell’io, il genere di «giochi» che si predilige e il «copione di vita». Il gruppo costituisce un’opportunità di apprendimento diretto, dove vengono sperimentati nuovi stili di transazioni e rafforzata la decisione di cambiare il proprio «copione».

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2. L’A.T. e lo «Zeitgeist»

L’A.T. si è affermata in modo estremamente rapido. Nel giro di pochi anni è diventata negli Stati Uniti una delle psicoterapie più diffuse; anche la sua applicazione al di fuori della psicoterapia vera e propria, nei settori in cui può aiutare a risolvere problemi di relazione — i cosiddetti «special fields» —, continua a crescere. Le pubblicazioni — opere tecniche e divulgative, riviste specializzate — abbondano. Dall’America è straripata in Europa. Nei paesi di lingua tedesca e francese è già molto conosciuta. L’osservatore culturale non può fare a meno di domandarsi che cosa abbia reso possibile un tale successo. Una delle voci più rappresentative dell’A.T., Muriel James, elenca le seguenti ragioni: è una psicologia da self-help (i concetti base provocano risposte immediate: spesso le persone rimangono sorprese e convinte al solo leggere libri di A.T.); non è minacciosa (non scende nelle segrete dell’inconscio, dirige l’attenzione sui comportamenti facilmente osservabili); ha un’efficacia immediata: basta pochissimo tempo perché le persone abbiano degli «insights» su se stesse, i loro bisogni e le vie per operare un cambiamento; è una psicologia di crescita personale, rivolta a persone anche mentalmente sane 2. La lista contiene ragioni di diverso peso e qualità. Alcune suonano dubbiose e lasciano l’osservatore perplesso. Ci sono transaziona- listi che amano presentare il loro metodo psicoterapeutico calcando la mano sulle caratteristiche di facilità, efficacia, democraticità. Agganciano così gli umori ribelli di coloro che della psicoanalisi classica criticano la lunghezza, l’incertezza dei risultati terapeutici, il gergo sofisticato per iniziati. In implicita polemica con gli interminabili procedimenti psicoanalitici, ci si compiace di ripetere l’affermazione paradossale

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di Berne: «Un analista transazionale si propone di guarire i suoi pazienti fin dalla prima seduta. Se non ci riesce, dedica il suo tempo, fino al secondo incontro, ad esaminare come arrivarci». I transazionalisti rifiutano deliberatamente la terminologia psichiatrico-psicoanalitica; il linguaggio quotidiano che le contrappongono non manca di una sfumatura provocatoria. Pretendono che tutto il vocabolario tecnico dell’A.T. si restringa a 5-6 parole, assunte con significato particolare (Genitore, Adulto, Bambino, carezze, giochi, copione). Il vocabolario ristretto ed intuitivo intende servire a democratizzare la cura della salute psichica: tutti possono, almeno teoricamente, impadronirsene e acquisire le tecniche terapeutiche per diventare il medico di se stesso. La modestia con cui l’A.T. presenta se stessa è accattivante: semplice, povera, lontana dalle dispute accademiche, con l’unica pretesa di contribuire a diffondere il benessere psichico, sembra avere tutti i requisiti per diventare la psicoterapia dell’uomo della strada. Anche terapeuti che non hanno una formazione medica possono utilizzarla. Viene così infranto il monopolio medico dell’analisi. Della mentalità del paese d’origine, l’A.T. mostra tutte le caratteristiche salienti: l’empirismo e la ricerca di presa diretta sulla realtà, la partecipazione democratica e l’ottimismo circa le possibilità di cambiamento sia sociale che personale. Lo spirito americano è favorevole agli sforzi di automiglioramento. Li coltiva promettendo a tutti la possibilità di mobilità sociale verso l’alto e incentivando la responsabilità personale circa il proprio benessere.

Alcune delle caratteristiche sopra elencate non sono specifiche dell’A.T. Le ritroviamo anche nelle nuove psicoterapie di gruppo che, alla fine degli anni ’60, hanno preso piede in America, in particolare la Gestalt-therapy e le tecniche di derivazione behavioristica. L’entusiasmo per questi nuovi metodi è legato alle loro caratteristiche intrinseche che rispondono alle esigenze socio-culturali del momento. Non è neppure da trascurare il fatto che tanto il paziente che il terapeuta che usa queste tecniche ne ricavano una ricompensa immediata.

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Rispetto ai metodi tradizionali di trattamento, i nuovi procedimenti di gruppo incrementano una maggiore attività del terapeuta e del paziente, e la loro partecipazione ad esperienze emotive drammatiche e gratificanti. I terapeuti in generale sono contenti dei fondamenti concettuali, estremamente semplici, di questi metodi, si sentono a loro agio nel ruolo loro attribuito, e naturalmente il loro entusiasmo si ripercuote sulle reazioni favorevoli che suscitano nei pazienti 3. In una prospettiva più ampia, possiamo considerare l’A.T. in rapporto alle esigenze che sono confluite nel movimento della «psicologia umanistica». Quest’ultimo, presentandosi come «Terza forza», ha inteso prendere le distanze tanto dalla psicoanalisi quanto dalla psicologia comportamentistica. Alla psicoanalisi rimprovera di non tenere conto delle qualità positive dell’essere umano. Fortemente improntata dalla personalità del suo fondatore, la psicoanalisi ha fatto oggetto principale, se non unico, della sua attenzione il sintomo, il dolore, la diminuzione, lo storpiamento psichico. Manca in essa quell’approccio amico del corpo, della emozione e del comportamento espressivo che molti sono andati invece a cercare nei «gruppi di incontro» 4. Lo scontento nei confronti della psicologia behavioristica si alimenta alla sua ristrettezza antropologica. L’uomo è considerato come la vittima indifesa delle pressioni esercitate su di lui dall’ambiente; non gli si attribuisce il diritto di autodeterminarsi. Si riconoscono nel movimento della Psicologia umanistica quanti hanno a cuore l’uomo come essere che è in grado di formulare progetti, valutazioni, opzioni; che tende alla auto-realizzazione e alla creatività; determinato nel suo

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comportamento più dalle motivazioni che dalle pulsioni o rinforzi.

La Psicologia umanistica ha preso coscienza di sé come movimento appena una quindicina di anni fa 5. Attualmente è più un insieme di orientamenti che una teoria sistematica della personalità umana e della psicoterapia. Riconosce come suoi presupposti la filosofia dell'umanesimo rinascimentale, la fenomenologia e l’esistenzialismo europei, il liberalismo politico anglo-americano. Questi nobili ascendenti vanno piuttosto intesi in senso lato. L’esistenzialismo di cui qui si parla, per fare un esempio, è diverso da quello di Heidegger o di Sartre. Mentre i pensatori europei considerano una esistenza che trae il suo senso dall’ineluttabilità della morte, i contemporanei umanisti americani parlano di espansione dell’esperienza, di gioia, di pienezza del processo vitale. Secondo Korchin, si tratta di «un’americanizzazione dell’esistenzialismo europeo, che nel traversare l’Atlantico ha perduto alcune delle sue sfumature più tetre, per trasformarsi in una filosofia ottimista della crescita e dell’auto-perfezionamento» 6.

Le varie teorie psicologiche e metodi terapeutici che si riconoscono nella Psicologia umanistica condividono alcuni principi comuni: la persona umana va studiata come un tutto; le mete, i valori, le aspirazioni, il futuro contano più delle determinanti storiche ed ambientali; si devono valorizzare le qualità del comportamento che sono più propriamente umane, come la capacità di scelte, la creatività e l’auto-realizzazione. In prospettiva umanistica, la terapia consiste essenzialmente nell’incontro autentico tra due individui reali, per promuovere il passaggio ad uno stato di maggiore crescita.

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Dal momento che le persone davvero realizzate sono rare e che ciascuno ha la capacità di trovare maggiormente se stesso, l’indicazione psicoterapeutica diventa fluida: è di utilità tanto ai malati che ai «sani». La psicoterapia è finalizzata alla liberazione dell’energia bloccata, ad attuare il potenziale integrale della persona, a promuovere la crescita per vivere con piena consapevolezza le esperienze più significative. Sulla scia del human-potential movement, originariamente nato in California, migliaia di persone normali, desiderose di una maggiore crescita e maturazione personali, alla ricerca di un aiuto per arrivare al riconoscimento del proprio valore e alla fiducia in se stessi, hanno preso la strada della psicoterapia. Molte sono approdate ai gruppi di A.T. Non per caso: essa sembra tagliata su misura per rispondere a questo tipo di richiesta.

Non abbiamo certamente esaurito l’esplorazione delle ragioni che sembrano aver favorito il successo dell’A.T. Un teologo, Th. C. Oden, ha addirittura creduto opportuno di dover ricorrere alle affinità nascoste con la tradizione religiosa dell’Occidente 7. La fede implicita dell’A.T. si appoggerebbe su un quadro di riferimento antropologico ricalcato su quello cristiano. La problematica tipicamente religiosa della salvezza ritorna nella triplice scansione: malattia — terapia — salute (vale a dire: schiavitù — redenzione — libertà). Il processo terapeutico, sempre secondo Oden, interviene su una situazione umana di fondamentale decadenza, introducendovi una prospettiva di vita giusta, animata da un amore cosciente e responsabile. Ci sarebbe, dunque, un’anima religiosa nascosta dentro la secolarissima psicoterapia.

Abbiamo considerato le caratteristiche interne che fanno dell’A.T. uno strumento terapeutico adatto a una larga diffusione e la crescita della domanda sociale nei confronti di una psicoterapia che rispetti le esigenze messe a fuoco dalla

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Psicologia umanistica. Tutto ciò ci ha portato abbastanza lontano dalla psicoanalisi classica. Eppure già nella psicoanalisi stessa si erano evidenziati sviluppi teorici e pratici che ci aiutano a situare meglio una nuova creazione come l’A.T. Se in un primo momento questa psicoterapia sembra estranea alla psicoanalisi, a un esame più accurato risulta confluente in quel ramo della psicoanalisi conosciuto col nome di «Psicologia dell’io».

La riflessione sistematica sulle vicende della teoria psicoanalitica nei pochi decenni della sua esistenza ha messo in evidenza le fluttuazioni dialettiche del processo originario di Freud di sviluppare una psicologia generale. L’esplorazione dell’inconscio, attività tipica con cui la psicoanalisi è stata identificata, ha offuscato la considerazione globale dell’essere umano come soggetto psichico. Risultato di questo lavoro sull’inconscio è stata la demistificazione dell'immagine del soggetto reale. L’individuo non risponde alla figura ingenua di un «ego» centrato sull’«io» o sulla «coscienza»; il soggetto umano è decentrato: i determinanti decisivi del comportamento (le pulsioni) sono relegati nell’inconscio, mentre nella coscienza emergono solo gli epifenomeni e i determinanti apparenti (l’«io»). L’inconscio introduce nell’«autonomia» del soggetto una serie di istanze che lo spossessano dalla sicurezza soggettiva. Il soggetto non è più di fronte all’esteriorità del mondo, è anche di fronte a se stesso; deve ammettere la determinazione multipla del proprio comportamento, la sua fondamentale eteronomia. Il forte impatto, emotivo oltre che intellettuale, di queste scoperte ha fatto perdere di vista che nel programma della psicoanalisi era iscritta l’esplorazione di tutte le strutture psichiche, vale a dire anche dell’io e del Super-Io, oltre che dell’Es. Per lungo tempo, secondo l’autorevole ricostruzione storico-teoretica fatta da Rapaport 8, l’esplorazione dell’io parve soltanto un programma

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per il futuro. Freud ritardò questo studio in quanto considerava primo compito l’esplorazione dell’inconscio. Tuttavia risalgono a lui anche i primi elementi di questo nuovo capitolo della psicoanalisi. Gli storici del pensiero di Freud mettono in risalto, nel periodo che va dal 1922 alla sua morte, l’interesse per l’io come codeterminante, sia esso conscio o meno, del comportamento; in particolare con l’opera «Inibizione, sintomo e angoscia» del 1925, in cui è già tentata un’esplicita concettualizzazione dell’io. Questa fase del programma sarà realizzata pienamente dalla corrente psicoanalitica nota come «Psicologia dell’io». I rappresentanti più in vista della tendenza sono Heinz Hartmann, Ernst Kris, David Rapaport e Anna Freud. La teoria sviluppa lo schema strutturale della psiche già proposto da Freud negli anni ’20 per rendere conto dei conflitti intrapsichici. L’Io viene opposto all’Es (sistema inconscio di esigenze pulsionali) e al Super-Io (sistema di esigenze normative ugualmente inconsce). Nell’opera «L’Io e l’Es» (1922) Freud attribuiva all’io un aspetto di mediazione. Lo descriveva come «sottomesso ad una triplice schiavitù e perciò minacciato da tre sorta di pericoli: quello che viene dal mondo esterno, quello della libido dell’Es e quello della severità del Super-Io». L’Io freudiano è dunque un «essere di frontiera», un sistema di scelta e di rifiuto, grazie al quale il soggetto si riconosce come un’individualità coerente ed autonoma. Gli psicologi dell’io hanno privilegiato proprio questa struttura psichica, con il suo duplice compito di adattarsi alle esigenze della realtà esterna e di dominare i conflitti interni.

Dal punto di vista teorico emerge l’importanza accordata ai compiti di adattamento alla realtà e all’analisi dei sistemi difensivi rispetto alle pulsioni. Ben più rilevanti sono le incidenze sulla tecnica terapeutica e la trasformazione del modo stesso di concepire la natura e la funzione della psicoterapia.

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Dal momento che c’è un Io che dipende dall’autonomia della coscienza e un Io che dipende dall’eteronomia pulsionale, alla psicoanalisi si attribuisce la funzione di rafforzare il primo Io e di neutralizzare il secondo. La psicoterapia diventa così una specie di educazione dell’io, in modo che si sottragga alle tre minacce — della realtà, della libido e della rigidità morale — individuate da Freud. E così la psicoanalisi è snaturata!, affermano coloro che si oppongono a questo sviluppo della psicoanalisi. Invece di mettersi all’ascolto dei desideri incoscienti e di favorire la liberazione dell’energia pulsionale repressa, lo psicoanalista diventa un’istanza di adattamento alla realtà stabilita, un garante dell’integrità del corpo sociale, una funzione repressiva sotto un’apparenza illuminata. Porre l’attività dell’io al centro della terapia ha portato a un tradimento revisionistico dell’ispirazione originaria della psicoanalisi, protestano i critici radicali; a un ampliamento nello spirito del progetto iniziale, affermano i sostenitori. La prima tendenza è rappresentata soprattutto dagli esponenti della «teoria critica»: la scuola sociologica di Francoforte e Marcuse in particolare. A Freud, con tutto il suo biologismo di impronta ottocentesca, essi riconoscono il merito di minare alla base una delle fortificazioni ideologiche più solide della civiltà moderna: l’idea dell’individuo autonomo. Riconducendo il fuoco dell’attenzione sulla determinazione sociale del comportamento, gli psicoanalisti di orientamento sociale — Adler, Sullivan, Horney, Kardiner — avrebbero addomesticato l’opera rivoluzionaria di Freud, considerato come un pensatore non ideologo e teorico delle contraddizioni. «La grandezza di Freud — ha scritto Adorno intervenendo contro i revisionisti in psicoanalisi — consiste nel fatto che, come tutti i grandi pensatori borghesi, ha lasciato che queste contraddizioni si conservassero irrisolte, ed ha disdegnato di affermare una pretesa armonia dove la cosa stessa è contraddittoria. Ha mostrato il carattere antagonistico della realtà sociale».

I critici radicali accusano gli psicoanalisti dissidenti di

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aver trascurato l’esistenza e la natura delle pulsioni, di sottolineare le esigenze ambientali, e pertanto di rinforzare la censura e il Super-Io. È stato rimproverato a questi terapeuti di «prendere le parti della società contro il paziente» 9. Un passo ulteriore nel senso del conformismo sarebbe stato fatto dagli sviluppi della psicologia dell’io. Questa ha distaccato l’io, o parte dell’io, dall’inconscio e dalle pulsioni libidiche; ha privilegiato la sfera dell’io «libera da conflitti». Le conseguenze non sono solo visibili sul piano della teoria, ma anche su quello della pratica terapeutica. Il fine della terapia diventa l’adattamento: «aiutare gli uomini a raggiungere una sintesi e un rapporto con l’ambiente che funzionino meglio», per esprimersi con le parole di H. Hartmann.

Non sempre tuttavia si può accusare l’analisi di orientamento psicosociale di collusione con la società repressiva. Altri dissidenti hanno considerato la società come responsabile dei disturbi dell’uomo e si sono schierati dalla parte dell’individuo contro la società. È questa l’aria che si respira tra le fila dei freudiani di sinistra, come Laing e Cooper: bisogna cambiare la società, in modo che non causi più danno all’individuo.

Non è questa la sede per seguire gli sviluppi di un dibattito culturale che si pone al crocevia delle più cruciali questioni sull’uomo e la società. Tanto il punto di vista critico-sociale quanto quello psicologico-individuale sono legittimi, in quanto tentativi di far luce sul nodo che lega l’individuo alla compagine sociale. Il pericolo è insito solo nelle estremizzazioni, come per esempio nell’alternativa: psicoterapia o rivoluzione. L’A.T., in quanto psicoterapia che si situa sulla parabola evolutiva che conduce verso l’integrazione organica dell’analisi alla vita dell’uomo contemporaneo, non può dispensarsi dal riflettere al grave interrogativo che le viene posto: a quale tipo di società riadatta l’individuo? Se la psicoterapia

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non vuol diventare una valvola di scarico del malessere della civilizzazione, deve essere cosciente del pericolo di manipolazione culturale delle persone connesso col suo uso. Un pericolo che è tanto più grande per una psicoterapia a larga diffusione come l’A.T.

3. Le applicazioni dell’A.T.

Nata come tecnica terapeutica per la cura delle malattie mentali, l’A.T. ha dimostrato ben presto la sua utilità anche al di fuori del campo strettamente terapeutico. Si è cominciato ad applicarla ai cosiddetti special fields, cioè a particolari settori dell’esistenza quotidiana in cui si è confrontati a problemi di tipo relazionale: il rapporto educativo nella scuola, quello sanitario negli ospedali, le grandi organizzazioni. Per avere un’idea di questo tipo di applicazioni, prendiamo il settore delle imprese. Uno dei primi tentativi è quello di Jut Meininger col suo Success through Transactional Analysis 10. Le promesse fatte al manager che si impadronirà dello strumento transazionale sono seducenti: non solo verrà a capo dei problemi che può avere con altre persone, ma acquisterà abilità nel ricevere informazioni, stabilire priorità, prendere decisioni adeguate alle situazioni. I concetti chiave dell’A.T. vengono passati successivamente in rassegna: gli stati dell’io, i giochi, il copione di vita, i comportamenti ripetitivi. Di ciascuno si esplicitano le conseguenze nella vita quotidiana di un’impresa. Si vuol offrire un aiuto a strutturare le azioni-reazioni in modo che coincidano con le intenzioni consce. Il manager impara attraverso l’A.T. come aiutare attivamente un collaboratore a raggiungere una posizione più produttiva e positiva (ci sono troppe persone ―

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— avverte Meininger — che partecipano alla vita commerciale con copioni che esigono di lavorare senza successo).

Il «campo speciale» di applicazione che costituisce l’oggetto diretto del nostro interessamento è quello della pastorale o «teologia pratica», per usare il termine più corrente in ambito evangelico. Anche in questo settore l’A.T. si è imposta all’attenzione, suscitando un interesse che non accenna a diminuire. Dal punto di vista bibliografico le opere di maggior rilievo sono quelle di Muriel James. Discepola di Eric Berne e di Fritz Perls, fondatore della terapia della Gestalt, ha tentato un’integrazione dei due approcci; con il best-seller Born to win, venduto a milioni di copie, ha contribuito come pochi alla più larga diffusione dell’A.T. La stessa M. James ha tentato successivamente, con il volume Born to love, un’applicazione dell’A.T. alla vita ecclesiale 11. La sua prospettiva in questo libro è esplicitamente pratica: vuol applicare i principi validi per l’educazione degli adulti anche al campo delle credenze religiose. Con le sue stesse parole: «Ci sono due vie fondamentali per influenzare gli altri: l’uso della propaganda o l’uso dell’educazione. Alcuni genitori, maestri e chiese sono propagandisti e impongono arbitrariamente le loro opinioni e atteggiamenti agli altri. Altri genitori, maestri e chiese sono educatori e non cercano di usare pressioni o coercizioni sulla gente. Offrono al contrario altre possibilità fornendo un quadro in cui si possa pensare e agire in libertà». Il suo interesse va quindi a una comunità di fede in cui l’istinto innato alla comunione possa realizzarsi, senza che ne faccia le spese il diritto alla libertà personale. Nell’A.T. vede un approccio razionale che spiega chi sono le persone e perché si comportano in un determinato modo. È uno strumento che aiuta a risolvere i problemi individuali e di relazione interpersonale senza ricorrere

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alla manipolazione, nel pieno rispetto della personalità propria e altrui. I possibili usi dell’A.T. in Born to love riguardano l’assistenza pastorale («pastoral counseling»), le situazioni in cui nei gruppi si sviluppa una dinamica interpersonale, prediche o conferenze con partecipazione attiva.

In un libro successivo la James, in collaborazione con L.M. Savary, ha esteso ulteriormente l’applicazione dell’A.T. in campo religioso. Mentre in Born to love ricorre all’A.T. come a uno strumento utile per capire la dinamica tra le persone in una comunità e per aiutare a rapportarsi gli uni agli altri col dialogo, nell’opera successiva, The power at the bottom of the well, si rivolge a persone che cercano un mezzo per chiarire la loro esperienza religiosa 12. «Siamo molto complessi. Esperienze e reazioni religiose servono a complicarci ancora di più. Da questo punto di vista la capacità dell’A.T. di semplificare le cose costituisce un vantaggio rispetto ad altre teorie più complicate. Anche se l’A.T. non è la Parola del Signore, può aiutare a chiarificare la Parola; e questa è un’esperienza utile, eccitante e gioiosa». Su questa base il libro fornisce una quantità di spunti per verificare come gli stati dell’io possano influenzare le idee teologiche e le stesse esperienze religiose trascendenti; come i modi di vivere la fede siano diversi a seconda della scelta esistenziale prevalente (divulgata come «posizione OK» e

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«non OK»); come il modo di pregare e di leggere la Bibbia sia condizionato dalla personalità di ognuno. I libri della James abbondano di indicazioni pratiche, esercizi individuali e di gruppo, spunti per l’applicazione. La riflessione sistematica sul rapporto tra A.T. e cristianesimo è appena abbozzata nel capitolo finale di Born to love. Vi si prospetta addirittura «una teologia transazionale»; in pratica si riduce a un’assunzione teologica di fondo: l’amore incondizionato di Dio per ogni essere umano, al quale Dio ripete, nel più «Intimo Nucleo» della personalità: «Tu sei OK».

L’esame della letteratura esistente ci conferma che qualsiasi bilancio dell’applicazione dell’A.T. al campo religioso è prematuro. È ancora tempo di esplorazione e di sperimentazione. Possiamo per ora intravvedere solo alcune linee di tendenza. C’è una consonanza di fondo che dovrà essere sempre più esplicitata. L’A.T. si presenta come una strategia terapeutica che si propone di trattare la sfera interpersonale nel suo insieme. La sua meta è di condurre l’individuo all’autonomia, sviluppando in lui tre capacità: la coscienza, la spontaneità e l’intimità. La coscienza comincia col contatto col «qui e ora» e implica il potere di governare se stesso, di assumere la responsabilità delle proprie azioni, di sbarazzarsi di comportamenti dannosi e inutili. La spontaneità è la condizione psichica dell’uomo che cessa di difendersi dalla realtà con difese patologiche: la riconosce e l’accetta, ritrovando così il coraggio di esistere alla luce della verità. L’intimità, quale fine autentico dell’incontro personale, comporta la capacità di amare con la mente e con il sentimento, di interagire in modo da incoraggiare la vicinanza, nello scambio di calore e tenerezza. Questo ritratto ideale della personalità felicemente realizzata contiene tutti i tratti dell’autentico credente. Basterebbe, per convincersene, rileggere le pagine della «Redemptor Hominis» dedicate alla dimensione umana del mistero della salvezza.

Psicoterapia e religione non procedono solo parallelamente verso una stessa meta antropologica. Possono svolgere

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anche un servizio reciproco di «correzione fraterna». L’A.T. può aiutare a discernere la qualità dell’aggregazione religiosa. Ci sono persone che perseguono per tutta la vita l’aspirazione dell’infanzia di avere sopra di sé una persona onnipotente che faccia da guida e dia assoluta sicurezza; altre che organizzano le transazioni interpersonali in modo da rafforzare il ruolo drammatico — di Salvatore, Persecutore o Vittima — con cui si sono identificati. Per queste persone la vita religiosa è piena di insidie; può condurli per un cammino di progressiva alienazione, invece che di autorealizzazione. D’altra parte, la psicoterapia può ricevere un indubbio beneficio dalla critica che le viene dalla religione. Ciò vale soprattutto per ciò che riguarda il quadro di riferimento antropologico. L’A.T. non è stata la sola tra le psicoterapie a pretendere di stabilire i valori per l’uomo universale. La critica sociologica è in grado di mostrare che i sistemi di valori promossi dalla «sottocultura terapeutica» hanno un orientamento di classe (l’A.T., in particolare, sembra tagliata su misura per gli strati superiori della classe media americana). La critica religiosa può denunciare i tentativi di decurtamento antropologico: la rinuncia a capire la condizione umana a partire dalla storicità; la sottovalutazione della trascendenza e della positiva dialettica che esiste tra il bene e il male; l’inclinazione all’edonismo; l’obnubilazione pratica delle esigenze morali. Sono capitoli che saranno scritti nei tempi, che si annunciano già prossimi, in cui teologi e psico-terapeuti cesseranno di guardarsi con diffidenza o di ignorarsi, per iniziare un dialogo sull’argomento centrale dei rispettivi interessi: l’uomo sano e felice.

BIBLIOGRAFIA SULL’A.T.

Opere di E. Berne, in traduzione italiana:

― Analisi Transazionale e psicoterapia, Ed. Astrolabio

― A che gioco giochiamo, Ed. Bompiani

― Ciao e poi?, Ed. Bompiani

Altre opere di E. Berne:

― Principles of group treatement, Grove Press

― The structure and dynamics of organizations and groups, J.B. Lippincott

Letteratura sussidiaria:

Th. A. Harris, Io sono OK, tu sei OK, Ed. Rizzoli (guida pratica all’A.T., a carattere divulgativo).

M. James - D. Jongeward, Born to win, Addison-Wesley (l’A.T. integrata con esercizi di Gestalt-therapy).

AA.VV., Techniques in Transactional Analysis, Addison-Wesley (manuale per psicoterapeuti e consulenti).

C. Steiner, Games Alcoholics play. The analysis of life scripts, Grove Press (l’opera che ha segnato un progresso nell’analisi del «copione di vita»).

Riviste:

Transactional Analysis Journal (la rivista ufficiale dell’Assoc. Intern. di A.T.).

Actualités en Analyse Transactionnelle (pubblicata dal gruppo belga di A.T.; riproduce i migliori articoli del TAJ).

NOTE

1 Una buona visione d’insieme nell’opera di D. Wyss, Die tiefpsychologischen Schulen von den Anfängen bis zur Gegenwart, Göttingen 1977. Suddivide le scuole di psicologia del profondo secondo l’orientamento ideale all’epistemologia propria delle scienze della natura (Freud) o alla filosofia (Jung, Binswanger e alcuni neo-analisti).

2 M. James - L.M. SavaryThe power at the bottom of the well. T. A. and religious experience, New York 1974, pp. 3-5.

3 Vedi le osservazioni sulle nuove tecniche di gruppo nell’opera a cura di C.J. Sager - H.S. Kaplan, Progress in group and family therapy, New York 1972.

4 Cfr. A. Burton, «Encounter, Existence and Psychotherapy», in A. Burton (a cura), Encounter, San Francisco 1969.

5 Sulla psicologia umanistica: C. Bühler - M. Allen, Introduzione alla psicologia umanistica, tr. ital. Roma 1976; cfr. anche A. Maslow, Verso una psicologia dell’essere, tr. ital. Roma 1971.

6 S.J. Korchin, Psicologia clinica moderna, tr. ital. Roma 1977, p. 618.

7 Th. C. OdenGame free. A guide to the meaning of intimacy, New York 1974.

8 D. Rapaport, Struttura della teoria psicoanalitica, tr. ital. Torino 1969, p. 151 ss.; cfr. anche H. Hartmann, «Evoluzione del concetto dell’io in Freud», in H. Hartmann, Saggi sulla psicologia dell'io, tr. ital. Torino 1976, pp. 287-317.

9 Cfr. R. Jacoby, L'amnesia sociale, tr. ital. Milano 1978.

10 J. MeiningerSuccess Trough Transactional Analysis, New York 1974.

11 M. JamesBorn to love. Transactional Analysis in the Church, Addison-Wesley 1973.

12 M. James - L.M. SavaryThe power at the bottom…, cit. Da segnalare anche, nella stessa direzione, R. Haughton, The liberated heart. T.A. in religious experience, New York 1974: intende scoprire le strade per le quali lo sviluppo religioso conduce alla crescita verso la pienezza, per distinguerle da quelle in cui lo sviluppo religioso si arresta per tramutarsi in bigottismo, evasione dalle responsabilità o pretesto per l’odio e la crudeltà. Riguardo al rapporto tra A.T. e religione, precisa: «L’argomento trascende lo strumento. L’A.T. non ci condurrà in cielo, né porterà la pace nel mondo e neppure in una famiglia; ma ci mostra che cosa possiamo fare e che cosa non possiamo fare».

La promozione della salute mentale

Sandro Spinsanti

LA PROMOZIONE DELLA SALUTE MENTALE

Il paradigma della bioetica

in Neopsiche, Rivista di Analisi Transazionale e Scienze Umane, Anno 2012, Numero 11

Ananke, Torino

pp. 11-16

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I professionisti della salute mentale sono stati sempre consapevoli ― almeno a livello implicito ― della profonda differenza che esisteva tra il loro rapporto con coloro che ricorrevano alle loro prestazioni e le relazioni che attivavano il ricorso alla medicina. I medici godevano di ampia delega sociale a intervenire nell’ambito della salute (fisica). Ancor più: non avevano bisogno di chiedere ai pazienti quali fossero i benefici che questi si aspettavano dall’intervento professionale. Al medico si attribuiva un sapere certo relativamente al bene del paziente (in inglese: Doctor knows best!).

Lo psicologo/psicoterapeuta, invece, non poteva far affidamento su una domanda implicita che affidava alla sua professionalità l’individuazione del bisogno e della risposta terapeutica appropriata. Doveva, invece, ricevere una domanda esplicita di aiuto ed elaborarla in un costrutto che contenesse gli obiettivi che il processo terapeutico si proponeva di ottenere. Per dirlo con una formula: la medicina veniva esercitata all’interno di una modalità relazionale di tipo paternalistico (in cui chi sta nella posizione dominante di one up definisce e persegue il fine di chi sta in posizione one down), mentre la psicoterapia aveva bisogno di una relazione che riconoscesse l’autonomia sia del terapeuta che del paziente/cliente.

Un movimento culturale ha portato a modificare le modalità di esercizio della medicina. Il cambiamento ancora in corso ― ha poco più di due decenni di storia. Lo possiamo qualificare come il passaggio dell’etica medica alla bioetica.

La transizione dal paradigma dall’etica medica a quello della bioetica comporta un cambiamento di scenario non solo dal punto di vista procedurale (non è più il medico che decide, in scienza e coscienza, il trattamento opportuno), ma anche sostantivo. La determinazione di ciò che è “bene” per il paziente ― tanto per le sofferenze

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somatiche che per quelle psichiche ― prevede l’intervento attivo della persona stessa 1. Si tratta di un empowerment che non può essere cancellato dalla localizzazione della patologia. Rispetto alla medicina somatica, però, il quadro si complica, perché della malattia mentale si occupano diverse discipline e pratiche professionali, portatrici di diversi assunti impliciti. Ogni professione si appoggia a un corpo dottrinale teorico (che mostra la tendenza a irrigidirsi in una “ortodossia”) e si esprime in una pratica condivisa (rafforzata spesso da una specifica codificazione deontologica). Le diverse professioni costituiscono sovente dei mondi autonomi, con scarsa comunicazione, senza sistematici accessi reciproci.

Una situazione di questo genere si verifica anche nei confronti della sofferenza mentale o psichica. Si possono distinguere tre profili professionali che rispondono all’interpellazione del disturbo psichico: la psichiatria, la psicoanalisi/psicoterapia e il counselling a orientamento umanistico-transpersonale. Ogni professione lavora con un paradigma interpretativo, più o meno esplicito ed elaborato, della malattia mentale; ognuna accentua una dimensione dell’essere umano o attribuisce il primato a un diverso elemento. Mentre la psichiatria sottolinea il primato della dimensione somatica ― neurologica o biochimica del cervello ―, la psicoterapia accentua il primato della persona e la prospettiva umanistica si orienta verso la dimensione transpersonale. Quando i referenti dottrinali si irrigidiscono in dogmatismo, tendono a negare il valore di altri sistemi e di altri approcci pratici.

I tre profili professionali si modificano con il tempo. Il paradigma psichiatrico-sintomatico è stato profondamente scosso dalla svolta avvenuta in medicina con la recente scoperta di farmaci efficaci. Nella medicina dell'inizio del nostro secolo (e in buona parte anche dopo) la diagnostica procedeva più celermente della terapeutica. I migliori medici sapevano diagnosticare egregiamente l’ubicazione e la modalità delle malattie; ma, quanto al trattamento, sapevano tutt’al più palliare i mali, non curare le cause. La rivoluzione farmacologica ―

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con l’uso di antibiotici a largo spettro, corticosteroidi, psicofarmaci ecc. ― ha permesso di bloccare le manifestazioni morbose, anche senza conoscere le loro vere cause. L’introduzione degli psicofarmaci ha sconvolto il nichilismo terapeutico della psichiatria tradizionale, che per questo era costretta a ricorrere ai sistemi di contenzione in uso negli ospedali psichiatrici. La possibilità di eliminare i sintomi non ha condotto a rimettere in discussione il paradigma psichiatrico-sintomatico; anzi non pochi psichiatri hanno ripiegato su un organicismo sempre più radicale. Lo sviluppo delle neuroscienze ha costituito un giro di vite nella direzione del riduzionismo.

La pratica psicoterapica ― di cui la psicanalisi costituisce il caso eccellente ma non esclusivo ― ha in abominio il procedimento esclusivamente sintomatico. Nel suo paradigma il sintomo è piuttosto un messaggio da interpretare; costituisce una crisi in un’autobiografia, o in un sistema relazionale, che equivale a un appello e a uno stimolo al cambiamento. La terapia consiste essenzialmente nel far parlare ciò che è stato “scomunicato” (nel senso letterale della parola, ossia sottratto alla comunicazione). Questo paradigma si può anche trovare, senza alcuna forzatura, nella medicina tradizionale, che sapeva ancora leggere il sintomo come segno.

Con gli sviluppi dell’arte medica più recenti, l’interpretazione dei sintomi, finalizzata alla svolta e al cambiamento, è diventata estranea alla pratica medica, per essere riservata all’esercizio della psicoterapia. Questa divisione di compiti e funzioni è stata profondamente interiorizzata dal paziente dei nostri giorni: dal medico (psichiatra) ci si aspetta che tolga il sintomo, senza lavoro interpretativo o di scavo; coloro che vogliono altro, vanno dallo psicoterapeuta. Il medico si trova così costretto a colludere col desiderio del paziente, teso a coprire con il farmaco più efficace il male più profondo che si manifesta nei sintomi (ansia, insonnia, depressione, disturbi neurovegetativi...). Molti pazienti stessi non accetterebbero un procedimento diverso.

Il film più recente del regista inglese Mike Leigh, Another year, presentato con successo al festival di Cannes nel 2010, offre un esempio illuminante di tale atteggiamento riduttivo. Il film si apre con una scena che si svolge in un ambulatorio medico. Gerri, la protagonista, è una psicologa in una struttura pubblica. Le si presenta

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una paziente che ha la depressione e l’infelicità scritte in faccia. Soffre d’insonnia e chiede un farmaco per dormire. La psicologa si dice disposta a prescriverglielo, ma allo stesso tempo le propone di fare dei colloqui. Fanno parte del trattamento e sono coperti dal servizio sanitario. La paziente è riluttante e solo con grande difficoltà la psicologa riesce a convincerla a presentarsi all’appuntamento. L’incontro ha luogo, ma si conclude con un fallimento: la signora non è disposta a sciogliere nessuno dei nodi con cui è stretta all’angustia familiare e personale che la psicologa ― e noi spettatori con lei ― indovina dietro le occhiaie dell’insonnia: la paziente si dice convinta che, se riuscirà ad avere un sonno regolare per un mese, tutto sarà sistemato. Insiste quindi nella richiesta delle pillole. Alla psicologa non resta che una ritirata con discrezione.

Qual è la malattia? E quale il rimedio?

La paziente e la professionista sanitaria hanno due concezioni diverse della patologia e della cura adeguata; immaginano due diversi percorsi verso la guarigione. Per la signora che ricorre all’aiuto professionale della psicologa il problema si chiama insonnia; quando non avrà più questo sintomo fastidioso, si considererà guarita. La professionista ― in questo caso la psicologa ― ha una diversa rappresentazione della malattia: per lei il male parla attraverso il sintomo, ma non si identifica con il sintomo stesso. Va scoperto e stanato dalla profondità dove si nasconde, affinché la persona possa camminare verso la guarigione. Dissente dalle categorie di patologo/terapeutico che il paziente si è costruito, perché vuol portarlo a un modello più alto di salute. Possiamo chiamare questo stato, prendendo in prestito l’espressione da Friedrich Nietzsche, la “Grande Salute”, ovvero uno stato nel quale prende una forma più completa di autorealizzazione dell’essere umano.

Con queste considerazioni siamo entrati nel terzo scenario, costituito dal paradigma umanistico-transpersonale. L’antecedente culturale remoto della dimensione trascendente entro la quale considerare i sintomi dei quali si occupa la psichiatria è costituito dalla prospettiva religiosa 2. Una rilevante trasformazione storica ha portato le religioni

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istituzionalizzate a lasciare progressivamente il campo dei fenomeni psichici, compresi quelli a contenuto religioso, a discipline specialistiche dell’ambito medico. L’ambito spirituale si è psichiatrizzato. Oggi non si rischia più di finire sul rogo se si pretende di aver avuto “commercio con il diavolo”; è anche molto improbabile di avere gli onori degli altari per visioni e rivelazioni... (semmai, se qualcuno confessa al padre spirituale di sentire delle voci, ha un’alta probabilità di ricevere, di rimando, l’indirizzo di uno psichiatra di fiducia!). Il paradigma umanistico-transpersonale si è sviluppato perciò entro un contesto secolare, non religioso. Alle fondamenta di questa concezione della malattia mentale possiamo collocare la teorizzazione del normale/patologico proposta dalla “medicina antropologica” di Viktor von Weizsäcker, secondo la quale la malattia va interpretata come evento biografico 3. La malattia dell’uomo, in questa concezione, “non è il guasto di una macchina, bensì la sua malattia non è altro che lui stesso; o meglio, la sua possibilità di diventare se stesso” Questa visione filosofica della malattia, che la medicina antropologica applica a tutto il vasto arco del patologico, è particolarmente rilevante per la malattia psichica.

La sfida costituita da questo ripensamento dei malesseri psichici ed emotivi è stata raccolta, successivamente al movimento della “medicina antropologica”, fiorito nella prima metà del XX secolo, dal movimento umanistico-transpersonale, che è andato prendendo forma nella seconda metà del secolo scorso. Le espressioni psichiche malate e disadattate, abitualmente interpretate entro paradigmi psichiatrici, potrebbero invece essere il segno di una “emergenza spirituale” (Stanislav Grof). Il movimento transpersonale afferma con forza una concezione antropologica che vede nell’uomo anche una potenzialità spirituale, che tende a stati di coscienza unitiva con il Tutto, meglio descritti con il linguaggio dei mistici che degli

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psichiatri 4. Esso sta educando la comunità scientifica, che non scelga di chiudersi pregiudizialmente a tale ipotesi, a nutrire quanto meno il sospetto che ci possa essere una dimensione di crescita che punta in questa direzione. Il sospetto appare più saggio dell’atteggiamento di sufficienza proprio del riduzionismo scientista.

L’approccio umanistico-transpersonale può essere apparentato al filone filosofico che promuove l’autocura e lo sviluppo di una “storia interiore di vita”. La riscoperta della “cura di sé” oggi percorre le vie del counselling filosofico, secondo il modello della pratica filosofica divulgato da Gerd Achenbach. I pensatori di riferimento comprendono un arco molto vasto che va da Pierre Hadot, che rilancia la tradizione dell’antichità classica della filosofia come “esercizio spirituale”, a Victor Frankl con la sua “logoterapia”, fino a Ludwig Binswanger e la Daseinanalyse, senza dimenticare approcci di psichiatria a indirizzo fenomenologico, rappresentati in Italia in modo eminente da Eugenio Borgna.

In questo paradigma i sintomi non sono psichiatrizzati ma piuttosto interpretati come segno di una stasi nella crescita personale e come il richiamo di una dimensione che trascende la persona. I sintomi possono essere il linguaggio di uno stato di coscienza superiore (anche se lo Champollion che possa interpretare questi geroglifici non sembra ancora nato... !). Noi ci aspettiamo che la bioetica sappia tenere aperto un orizzonte in cui tutt’e tre i paradigmi professionali menzionati abbiano una loro giustificazione e possano trovare una proficua complementarietà. Il discorso relativo all’utilità degli psico-farmaci e alle relative indicazioni, a seconda delle diverse situazioni, è demandato a una medicina clinica, che sappia però tenere in considerazione la complessità del fenomeno umano.

NOTE
1 Cfr. Sandro Spinsanti, “Etica medica e bioetica in cento anni di professione”, in AA. VV., Centenario dell’istituzione degli ordini dei medici, Roma 2010, pp. 223-236.

2 Cfr. William J. Richardson, “Religion and Mental Health”, in Warren Reich (a cura): Encyclopedia of Bioethics, Macmillian, New York 1978, pp. 1064-1070. Cfr. Sandro Spinsanti, Guarire tutto l’uomo. La medicina antropologica di Viktor von Weizsäeker, ed. Paoline, Milano 1988.

3 Viktor von Weizsäcker, Arzt und Kranker, Leipzig 1941, cfr. Anche V.v. Weizsäcker, Pathosophie, Göttingen 1967.

4 Stanislav Grof, Oltre il cervello. L’esplorazione trans personale delle possibilità della coscienza umana, Cittadella, Assisi 1988.

Minata l’autorevolezza del comitato di bioetica

MINATA L'AUTOREVOLEZZA DEL COMITATO DI BIOETICA

Intervista a Sandro Spinsanti

in Adista

anno XXIV, n. 5353, Roma 1995, pp. 5-6

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DOC-184. ROMA-ADISTA. La mancata riconferma nel Comitato Nazionale di Bioetica di alcuni rappresentanti del pensiero laico, accompagnata da nomine di cattolici "affidabili” (v. notizia precedente), ripropone una questione di fondo: la relazione che intercorre tra il principio d’autorità e il principio di scelta, ai fini di decisioni e regole che incidono sulla prassi esistenziale e sociale. Potrebbe sembrare esagerato riproporre tale questione, che attiene in sostanza allo statuto dell’etica, a causa di un decreto governativo. Ma il provvedimento, oltre ad apparire come un tentativo di captatio benevolentiae nei confronti dell’elettorato cattolico tradizionale, di fatto ripone nelle mani dell’autorità religiosa la direzione e il giudizio del senso morale collettivo. Di questo e di altro abbiamo parlato con lo psicologo Sandro Spinsanti, Coordinatore dell’Unità di ricerca e documentazione del «Fatebenefratelli», già consulente del CISF, il Centro Internazionale Studi Famiglia dei Paolini.

Di seguito la sua intervista.

ADISTA

Qual è il suo giudizio sulla vicenda del Comitato Nazionale di Bioetica? Condivide il motivo delle dimissioni di Giovanni Berlinguer da vicepresidente del Comitato stesso?

SPINSANTI

Ripercorrendo la vicenda della riconferma del Comitato nazionale di bioetica a qualche giorno di distanza dalle polemiche roventi che hanno accompagnato i fatti, il giudizio globale perde forse le punte più spigolose nutrite dall’emotività. Non per questo, però, diventa più benevolo. Anzi, si acuisce la sensazione che il Comitato nazionale di bioetica sia una splendida occasione mancata.

La bioetica, in quanto movimento culturale, ha portato la speranza di uscire dagli schematismi del passato, che riemergono puntualmente quando le passioni connesse con la vita civile prendono il sopravvento. Nella nostra storia culturale ciò ha significato la riproposta della divisione in guelfi e ghibellini. Gli schieramenti laici e cattolici circa la bioetica sono solo una variazione sul tema. Eppure la bioetica ― sorta come movimento da non più di un paio di decenni ― si presentava come proposta di una ricerca comune, fatta in nome di un interesse appassionato di tutti a trovare il consenso sulla regolamentazione dei comportamenti nell’ambito delle scienze della vita. Implicava la rinuncia al trionfalismo proprio di tutte le visioni ideologiche globali ― religioni incluse ― e l’apprendimento di una modalità nuova di correlare le diverse e inconciliabili visioni etiche in modo collaborativo e sinergico, invece che polemico e competitivo. Di fatto, non sembra che le cose si siano mosse in questa direzione. Almeno in Italia. Lo dimostra la conta delle appartenenze ideologiche che ha accompagnato ogni movimento all’interno del Comitato nazionale. In questi schematismi non si riesce a dar conto, ad

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esempio, dell’ispirazione cattolica di membri del Comitato che politicamente siano schierati a sinistra. La qualifica di "cattolici" o "laici” risulta così un letto di Procuste, a cui va addebitata la deformazione violenta che si opera in un pensiero che ha bisogno di essere invece differenziato, sfumato, capace di accogliere punti di vista diversi.

A questo punto, non mi sembra che porti un beneficio alla causa della bioetica schierarsi per l’una o l’altra posizione personale dei membri del Comitato, per quanto rispettabili e affini alle proprie preferenze. Dobbiamo piuttosto cogliere questa occasione per ripensare i meccanismi che guidano la rotazione dei membri del Comitato. Questa non è solo una questione procedurale, ma essenziale. Siamo di fronte, infatti, a un Comitato consultivo. In quanto tale, non ha autorità (chi potrebbe avere l’autorità di prescrivere comportamenti in nome dell’etica?). Tanto più necessario è, perciò, che abbia autorevolezza. Ma le vicende legate alle sostituzioni al vertice e nel corpo del Comitato ― non mi riferisco solo all’ultima sostituzione, ma anche a quella precedente sotto il governo Ciampi, che ha prodotto una virata in senso contrario ― minano proprio l’autorevolezza del Comitato.

ADISTA

Ci sono precedenti o analogie in istituzioni dedicate alla bioetica in altri Paesi che potrebbero ispirare i cambiamenti a cui lei accenna?

SPINSANTI

Il modello più convincente tra i Comitati nazionali resta, a mio avviso, quello francese istituito da Mitterand nel 1983. Sono state previste sia le istituzioni scientifiche che devono indicare i componenti del Comitato, comprese le religioni e "famiglie spirituali" che rappresentano il volto composito di una società pluralista, sia i criteri per il rinnovamento del Comitato. Metà dei membri è sostituita ogni due anni, cosicché il Comitato stesso si rinnova interamente ogni quattro anni.

Gli uscenti sono estratti a sorte (così si evita quel penoso giudizio sulle persone che è stato il lato più sgradevole della vicenda italiana). La sostituzione completa ogni quattro anni impedisce che i membri del Comitato si trasformino in "professionisti" dell’etica. Al contrario, il Comitato deve svolgere la funzione di foro pubblico, di luogo di scambio, in armonia con la logica universalistica che vuol fare dell’etica un bene pubblico, una res communis, piuttosto che un’attività di specialisti.

In assenza di un meccanismo procedurale trasparente di questo genere, ogni sostituzione nel comitato genererà una ridda di congetture e di processi alle intenzioni. Tutto ciò non può che offuscare ulteriormente l’immagine dell’etica agli occhi del pubblico.

ADISTA

Come può un credo religioso entrare nell’ottica di un’etica dialogica? Per un cattolico, in particolare, come è possibile conciliare "verità" divina e ricerca umana? Può la religione farsi coscienza della vita senza pretendere di "sapere" in anticipo la "natura" della vita?

SPINSANTI

La bioetica, che nasce dalla spinta verso un nuovo umanesimo nell’ambito della biologia e della medicina, può utilmente confrontarsi con la via percorsa dai credenti che si situano nell’ambito delle tradizioni che accettano una rivelazione di Dio nella storia. L’amore per l’uomo non si riduce per il credente a un vago sentimento di filantropia, né il rispetto della natura, riconosciuta come creata, equivale a un atteggiamento mentale di gretto conservatorismo. Le motivazioni della fede religiosa possono o debbono essere approfondite mediante un confronto con i problemi concreti che nascono dalla storia. Nel Vangelo non c’è una risposta letterale ai dilemmi che nascono dal prolungamento artificiale della vita in rianimazione o nell’ambito della procreazione medicalmente assistita; eppure il Vangelo ha delle indicazioni rilevanti rispetto a questi e ad analoghi problemi. Il credente per accedere a queste indicazioni etiche ha bisogno di fare un buon uso della ragione, non meno di quanto è richiesto a una persona non religiosa che voglia trovare valide indicazioni etiche al proprio comportamento.

Le religioni sono stimolate ad assumere nei confronti dell’etica della vita un atteggiamento nuovo, che può portarle alla scoperta di una forma inedita di ecumenismo. In clima ecumenico, i credenti di diverse religioni possono incontrarsi in un sol luogo per pregare insieme, senza che ciò implichi la rinuncia alla questione della verità, o l’appiattimento di tutte le religioni su un minimo comun denominatore. Analogamente, l’interrogazione sul servizio alla vita posta in nome della bioetica non pretende di trovare un minimo comun denominatore etico tra le religioni, né di smussare le divergenze tra di loro per un irenismo di maniera. Vuol dire, piuttosto, l’apertura di un campo di dialogo più vasto, reso possibile da quella rivoluzione copernicana che sta all’origine di ogni ecumenismo: le istituzioni, comprese quelle religiose, cessano di considerarsi tolemaicamente come una terra immobile, al centro dell’universo, e si considerano piuttosto come gravitanti attorno a un nuovo centro. In questo caso, quello costituito dal servizio alla vita.

Un breve passato, un futuro problematico

UN COMITATO ETICO ALLA PROVA DEI FATTI

a cura di Sandro Spinsanti

in I quaderni di Janus

Zadigroma editore, Roma 2007

pp. 8-16

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UN BREVE PASSATO, UN FUTURO PROBLEMATICO

Il Comitato di bioetica degli Ospedali Riuniti di Bergamo ha una storia solo in parte sovrapponibile a quella dei comitati nati dopo il Decreto legislativo del 18 marzo 1998, che ha disseminato per il Paese i comitati destinati a valutare e autorizzare le sperimentazioni cliniche.

Il primo Comitato è stato istituito il 24 marzo 1997. Nel decreto istitutivo si fa esplicito riferimento al documento redatto dal Comitato nazionale per la bioetica il 28 febbraio 1992, inteso a stimolare l’istituzione di comitati etici nelle realtà sanitarie. Per un anno il Comitato si è occupato esclusivamente di situazioni riconducibili alla bioetica. Sotto la presidenza di Carlo Alberto Defanti, ha affrontato problemi di procreazione medicalmente assistita, accanimento terapeutico, consenso informato.

In base al Decreto legislativo del 1998 il Comitato ha modificato la propria composizione, accogliendo alcuni componenti della Commissione terapeutica, e ha iniziato a esaminare i protocolli della ricerca biomedica, seguendo le linee guida ministeriali. Istituito come “organismo di consulenza” stabilmente costituito presso la direzione sanitaria, si premurava di darsi un regolamento. Tra i compiti previsti figurava, accanto alla valutazione di protocolli di ricerca clinica e farmacologica, anche un’ampia attività consulenziale: il Comitato, infatti, «formula pareri e fornisce consigli e/o chiarimenti

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in ordine alle decisioni mediche per le quali le norme deontologiche e giuridiche non offrono risposte esaurienti, quali per esempio le terapie palliative, le diagnosi di morte, il trattamento del dolore, il trattamento di malati non in grado di decidere, il consenso informato alle cure ecc.».

L’attenzione alla dimensione della bioetica clinica, parallela al compito istituzionale relativo alla sperimentazione, è rimasta costante nell’evoluzione successiva del Comitato. Questo corrisponde anche alle indicazioni contenute nel documento del Comitato nazionale per la bioetica I comitati etici in Italia: problematiche recenti del 28 aprile 1997. Il documento stabiliva una chiara distinzione tra due finalità dei comitati: valutare la ricerca scientifica e rispondere a quesiti etici connessi con l’assistenza. Diversa è la composizione del comitato per le competenze richieste; diverso è anche il modo di operare. Pur accentuando le differenze strutturali e funzionali, il Comitato nazionale si pronunciava a favore di un organismo unico, che espletasse i due compiti attribuiti al comitato. E questa è stata la scelta degli Ospedali Riuniti.

In seguito il Comitato nazionale è ritornato sulla questione, rimettendo in discussione l’adozione del modello dell’organismo unico polifunzionale: nel 2000 diffondeva un documento per la discussione e sollecitava un’ampia raccolta di esperienze e pareri. Il Comitato degli Ospedali Riuniti, cogliendo l’occasione per riflettere sulla propria esperienza, si esprimeva nella sua risposta a favore del comitato unico, competente sia per la bioetica sia per la ricerca biomedica: «La fase iniziale di fusione tra i componenti del Comitato etico e quelli della Commissione terapeutica non è stata semplice, in quanto

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l’impostazione metodologica e le finalità dei due organismi erano diverse. Nell’arco di un anno circa è stata raggiunta una maturità etica da parte di tutti i componenti e una buona collaborazione nelle valutazioni degli studi clinici. L’attenzione e l’assiduità con cui sono state analizzate le numerose sperimentazioni hanno migliorato la specifica competenza dei singoli componenti del comitato etico, hanno accresciuto in tutti l’interesse per gli aspetti etici della sperimentazione (criteri di inclusione/esclusione, informazione su rischi e vantaggi, consenso informato, allocazione delle risorse, conflitti di interesse, obiettivi della ricerca), hanno stimolato la cultura del dialogo e il riferimento all’etica del quotidiano, facilitando un costante confronto tra principi e prassi».

Sulla base di questa ricostruzione storica del proprio operato, il Comitato si dichiarava orientato a proseguire per la strada del modello unico polifunzionale. Le linee di indirizzo del Comitato nazionale di bioetica non hanno avuto seguito, motivo per cui attualmente non esistono in Italia modelli vincolanti di funzionamento dei comitati, al di fuori delle norme ministeriali.

Più di recente (marzo 2007) il Comitato è stato rinominato in conformità con i requisiti richiesti dal Decreto ministeriale del 12 maggio 2006 “Requisiti minimi per l’istituzione, l’organizzazione e il funzionamento dei Comitati etici per le sperimentazioni cliniche dei medicinali”, che specifica le competenze obbligatorie del Comitato e le altre condizioni minime. Il nuovo Comitato, valutato da parte della regione Lombardia, è entrato a far parte del registro nazionale dei Comitati etici gestito dall’Agenzia nazionale del farmaco (Aifa).

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È nato il comitato: che nome gli diamo?

Il nome da attribuire all’organismo consultivo che affianca i sanitari nella ricerca e nella pratica clinica non ha costituito motivo di riflessione esplicita. La denominazione di “comitato etico”, che troviamo già nel Decreto ministeriale del 18 marzo 1998 che istituisce i comitati e detta le regole per il loro funzionamento, è stata accettata senza sussulti. Eppure meriterebbe di essere seriamente discussa. Intanto per la sua approssimazione linguistica: l’inglese Ethics Committee, tradotto come “comitato etico”, fa diventare aggettivo (etico) ciò che in inglese è sostantivo. E poi per la sua presunzione (anche se non voluta e non consapevole): autodefinendosi “etico”, il comitato dà l’impressione di essere un organismo che gestisce l’etica in modo monopolistico, dispensando bollini di qualità etica. Come se l’etica non fosse, piuttosto, un’istanza con la quale il comitato stesso si deve confrontare, dando prova di non cedere a comportamenti “non etici”. Una scelta linguistica meno compromettente sarebbe stata di chiamare questi organismi “comitati per l’etica” o “di etica”, proponendo la qualità etica del comitato come obiettivo a cui tendere, piuttosto che come un pacifico possesso.

Nella scelta del Comitato degli Ospedali Riuniti di qualificarsi come “comitato di bioetica” c’è un’intenzione ulteriore, che merita di essere esplicitata: presuppone l’identificazione della bioetica come un paradigma di riferimento che si discosta dall’etica medica. Inevitabilmente l’etica medica evoca un modello di pratica della medicina e di riflessione etica costruito sul presupposto della centralità del medico. Le scelte, sia di natura clinica sia di valore etico, sono sua responsabilità:

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è il medico che decide, “in scienza e coscienza”. Il riferimento alla coscienza veicola l’etica medica, cosi come è stata tramandata per secoli. La vera discontinuità nell’etica che regola i comportamenti in medicina è costituita dall’introduzione dei valori fondamentali del liberalismo, cioè il rispetto dell’autonomia della persona, anche se malata, e del suo diritto a partecipare alle scelte che la riguardano. Questa è, in sintesi, la rivoluzione introdotta dalla bioetica rispetto all’etica medica.

Un terzo parametro per valutare la qualità morale delle decisioni da prendere nell’ambito delle cure è il riferimento alla comunità e al dovere di operare per rendere effettiva la giusta allocazione delle risorse. Questo comporta un’ulteriore dislocazione del centro di gravità dell’etica: dalla relazione con il paziente ai bisogni di tutti coloro che hanno diritto e bisogno di cure. Secondo la più recente revisione del codice di deontologia dei medici italiani (dicembre 2006), la qualità professionale si misura con l’appropriatezza secondo le esigenze della scienza, con il rispetto dell’autonomia delle persone e con l’impegno per un’equa ripartizione delle risorse. L’articolo 6 recita infatti: «Il medico agisce secondo il principio di efficacia delle cure nel rispetto dell’autonomia della persona tenendo conto dell’uso appropriato delle risorse».

Sono sufficienti queste considerazioni per giustificare l’appropriatezza del termine bioetica riferito al Comitato. Adottando l’orizzonte della bioetica, il Comitato si impegna a muoversi nell’orizzonte della complessità, dove i comportamenti per essere etici devono misurarsi simultaneamente con le esigenze del beneficio da apportare al paziente, con il

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rispetto dei suoi valori e delle sue preferenze e con la promozione di cure che non raggiungano solo i privilegiati, ma tutti quelli che ne hanno diritto e bisogno.

La bioetica alla quale il Comitato si riferisce non è intesa nel senso restrittivo della specifica disciplina di natura filosofica che si è andata costituendo di recente, finalizzata a riflettere sulla qualità morale dei comportamenti umani relativi alla vita. Un esperto di bioetica è richiesto nell'organico del Comitato e una certa competenza nella disciplina è auspicabile da parte di tutti i compresenti. Ma il comitato nel suo insieme si riferisce alla bioetica come pratica, piuttosto che come disciplina. In quanto pratica, la bioetica nasce dalla necessità delle persone di convivere in società nelle quali si affrontano (e a volte si scontrano) concezioni morali diverse. Per poter convivere, è necessario gestire le differenze etiche. Si tratta di comportamenti molto controversi, che hanno a che fare con l’intervento umano sulla vita, come manipolazioni genetiche e pratiche biomediche molto invasive: dalla procreazione medicalmente assistita al prolungamento artificiale della sopravvivenza, dai trapianti di organo agli interventi che modificano la natura umana. In questo ambito la bioetica si propone di mettere un certo ordine, e più fondamentalmente si propone come una lingua franca, grazie alla quale anche coloro che si sentono “stranieri morali” possono parlare tra di loro. Per certi versi la bioetica come pratica si sovrappone alla democrazia come alternativa agli assolutismi nei quali la verità è monopolio esclusivo di qualcuno.

In un senso molto ampio, la pratica bioetica è sinonimo di “conversazione”, nel senso proposto da Theodore Zeldin: la

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conversazione incoraggia lo scambio da mente a mente, e lo scambio diventa una sfida particolarmente interessante quando le concezioni divergono. Con un mondo morale diverso dal mio, io ci posso parlare. E la prima cosa che posso guadagnare in questa conversazione è un beneficio per me stesso, perché allargo l’orizzonte del mio mondo morale.

L’attività del conversare pub essere ricondotta a uno degli insegnamenti più significativi della filosofia greca: la dottrina di Aristotele sulla retorica. Per Aristotele il concetto di verità come una e unica valeva per la geometria, non per le verità esistenziali, che invece viviamo al plurale. La retorica da lui proposta è appunto l’arte che ci permette di gestire la pluralità dei punti di vista, condividendo le diversità.

Ponendosi sotto il segno della bioetica, un comitato dev’essere consapevole di correre dei rischi: la conversazione può degenerare in chiacchiera; la retorica può diventare arte truffaldina di proporre come verità opinioni fasulle; la violenza da lupi delle ideologie può mostrarsi nelle vesti di agnello del dialogo. Ma se riesce a sfuggire a queste insidie, la bioetica può diventare una pratica tra le più esaltanti, perché ci permette di affrontare le situazioni nuove attrezzati con il meglio di ciò che abbiamo ereditato dal passato.

Ma che cosa fa un comitato di bioetica?

Ma che cosa fa un comitato di bioetica? La domanda è legittima. La risposta è contenuta, in modo si spera esauriente, nei

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diversi capitoli di questa pubblicazione che illustrano il lavoro dei sottogruppi attraverso cui opera il Comitato. In modo preliminare bisogna però sottolineare che la prima attività è quella che il comitato rivolge, al proprio interno, all’autoformazione dei componenti.

Un comitato è un organismo peculiare, del quale si può dire che il tutto è più della somma delle parti. Per quanto competenti nel proprio ambito ― clinico, assistenziale, giuridico, filosofico, o più genericamente riconducibile a una delle scienze umane ― i componenti di un comitato non sono formati ad agire in quanto comitato. Per questo è necessaria una pratica di integrazione dei saperi e di ascolto reciproco: è necessario un allenamento che non fa parte del modo abituale in cui funzionano le organizzazioni sanitarie.

Si può derivare la necessità di questo apprendimento dalla radice verbale latina alla quale si può ricondurre la parola “comitato”: il verbo comitari, vale a dire “fare strada insieme”. Quando un comitato viene costituito, deve iniziare un lungo percorso comune, nel quale il camminare insieme, nella diversità ma nell’unità degli intenti, sia piacevole e fecondo. In concreto, il Comitato degli Ospedali Riuniti di Bergamo ha identificato la necessità di dedicare almeno una giornata annuale (forum) alla propria autoformazione, confrontandosi con degli esperti su un tema specifico.

Un altro appuntamento annuale è stato quello con il convegno proposto agli operatori degli Ospedali Riuniti e a professionisti esterni. Anche in queste occasioni il Comitato si è posto in posizione di ascolto e di apprendimento. Inoltre, in appendice ad alcuni di questi convegni si sono formati dei

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sottogruppi all’interno del Comitato per tradurre in pratica le indicazioni emerse dal convegno.

Un impegno ulteriore è stato quello di rendere disponibili i contenuti dei convegni a una più vasta cerchia di operatori, mediante un’apposita pubblicazione. Ogni convegno ha prodotto così un “Quaderno di Janus”, con l’obiettivo di accrescere l’attenzione dei professionisti verso il tema messo a fuoco e creare una base più larga di consenso. A queste pubblicazioni si aggiunge inoltre il bollettino CdB informa, pensato come uno strumento di dialogo tra il Comitato e gli operatori sanitari dell’Azienda ospedaliera.

Una cosa sta soprattutto a cuore al Comitato: presentare la bioetica non come una proprietà che amministra, ma come un bene comune al quale partecipano tutti coloro che impiegano mente, cuore e mani per fare buona medicina. La bioetica non è affidata al Comitato secondo la logica delle “commissioni” (dal latino committere, cioè affidare) che vengono create, stando a un detto popolare, quando non si vuole risolvere un problema. La bioetica è l’orizzonte comune nel quale si muovono tutti i protagonisti delle scelte finalizzate a proteggere, risanare e accompagnare la vita: cittadini, professionisti sanitari, amministratori. Il Comitato è una struttura di servizio, perché tutti si possano sentire a casa propria nella bioetica.

BIBLIOGRAFIA

 T. Zeldin, La conversazione. Di come i discorsi possono cambiarci la vita, Sellerio, Palermo, 2002.